No sabría decir exactamente por qué,pero hay sábados que son diferentes al resto de sábados, sábadosque son especiales. Quiero decir, que empiezan pareciéndolos.Mírenme como sonrío, como arqueo las cejas con una arroganciaelegantísima: hoy, es uno de esos sábados. Será la luna llena. Será la dopamina.Yo que sé lo que será. El conductor del autobús parece seguro delo que es, y se dedica a mirarme las tetas al devolverme el cambio,lo cual me confunde a la par que me inquieta, tampoco sé por qué.Media hora más tarde llego al centro, y descubro que meestaba esperando en la parada. Al llegar al local uno de susamigos se acerca a recibirle, se dan el típico apretón de manosmasculino, intercambian las típicas miradas por las que deduzco quehan hablado de mi, y se lanzan las típicas bromas al respecto en un lenguajesecreto que sólo entienden los dos. Yo les sonrío, por si acaso. Intento no parecer vulnerable,sólo expectante. Cerveza, gracias. Me ha puesto una mano enel hombro, ¿verdad? Ni siquiera estoy escuchando lo que medice, no puedo concentrarme con suboca tan cerca. Vuelvo a sonreír, digo que sí a todo. De todasformas a él tampoco parece importarle demasiado lo que estádiciendo mientras simule que le escucho: es un acuerdo tácitoentre los dos.
Entonces una de sus amigas se acerca, lepregunta algo. Él responde. La chica se ríe, él se ríe, y yo merío, otra vez por si acaso. Vuelve a pasar una segunda vez, y hastauna tercera. A la cuarta todos hemos llegado a la conclusión queno le está preguntando algo, sino iniciando una conversación. Esmuy guapa, con unas piernas de esas kilométricas que dan algo devértigo recorrer de una sola mirada y yo me rindo sin presentarbatalla. Creo que voyaprovechar para ir al baño.
Tres horas después, la cerveza me hadejado un regusto amargo que me recuerda a otras noches decadentescomo esta. He bebido demasiado, o demasiado poco. Sea lo que sea, elequilibrio alcanzado es totalmente insatisfactorio.
-¿Que ya te vas? Pero si es muytemprano...
-Estoy cansada, ha sido un día muylargo en el trabajo.
-¿Qué tal una última copa enmi casa?
Un cambio tan brusco de perspectiva mehace volver la cabeza como un calcetín. No me resulta fáciltransformar la fatalidad en sublime felicidad, y menos aún disimular dicho proceso químico. Necesito tiempo, tiempo, tiempo...
-No sé... -tiempo, tiempo, tiempo.
-¡Venga! ¡todavía es pronto parairse a dormir!
-Es que estoy tan cansada... -¡Tiempo, tiempo! ¡Aprisa! Una vez más, sólo una... Él aprieta las mandíbulas. No vuelve a insistir. Timelimitexceeded. Yo tampoco. Ni le digo que me llame mañana. Probablementeen cuanto me vaya lo volverá a intentar con él, y por qué iba a resistirse ya. Así se escribe lahistoria de mi vida. Encima no te quejes. ¡Pero sihubiera insistido una vez más! Claro, échale la culpa, ya que esevidente que tú has puesto todo el esfuerzo del mundo. Y qué quieres, no lo puedo remediar.Pues si tu no lo puedes remediar vamos listos, chata. A lo mejor te convendría probaralgo, a ver qué pasa. Algo como qué. Siquiatría. Drogas. Un látigo, una lobotomía. Las opciones son heterogéneas.
En el cuarto de baño aguanto otraarcada. Oye, esto empieza a convertirse en una de esas noches tanpatéticas. Tiro la ropa en cualquier rincón de la habitación, medejo caer en la cama. Me ha dado una sorpresa, me ha seguidoen el taxi, se ha colado por la ventana. Esta aquí: esperándome enla cama.
En la oscuridad, oigo un susurro. Separece más bien al eco de una risa. Pero no le estoy prestandoatención: soy una borracha, al borde del sueño, medio enredada enuna fantasía erótica. Pero la risa sigue escuchándose. ¿Será un fantasma? Me apoyosobre los codos. La oscuridad se traga mi mirada escéptica. Unos segundos más tarde, distingo lo que parecendos lucecitas rojas observándome con atención, y un terremoto depánico me sacude de pies a cabeza.
-Hola -se oye.
En un gesto violento, llevo la manohasta el interruptor de la luz. Puedo oír a mi corazónbombeando sangre a una velocidad de vértigo. La criatura de ojosrojos me observa sentada sobre sus patas traseras.
-Hola -repite.
Siento el impulso de gritar, pero no mesale la voz. ¿Me está sonriendo? Levanta el hocico y husmea elaire.
-Tu miedo tiene un perfume delicioso,si me permites el atrevimiento.
-¡No... no...! Desaparece...
-¿Sin invitarme antes a un café? ¡Quémodales, princesa!
-No eres real -gimo. Pues claro que noes real. Por supuesto que no es real. ¿Cómo demonios va a ser real?La hiena avanza un par de pasos, dejando ver un cuerpo pesado ymusculoso.
-No soy real, y sin embargo, estoyaquí. To be... or not to be... Me gusta tu habitación. ¿Lahas decorado tú?
-¿Qué es lo que quieres?
-No lo sé. Depende.
-¿De qué?
-Más bien, de quién. De ti, claro.
Me incorporo de un salto, sentándomeen la cama en un arranque de rabia, cierro los ojos con fuerza.
-¡¡No eres real!! ¡¡No quiero vertemás, desaparece!!
Al abrirlos sigue ahí,sonriéndome de medio lado. Sé que no es real, por supuesto que noes real, ¿cómo demonios va a ser real? Cuando hace el gesto deavanzar hacia mi se me escapa un gritito, me aplasto contra la pared,con el corazón a mil por hora.
-Tranquilízate, princesa, o te va adar algo malo.
-Dios mío: no volveré a fumar nada ilegal nunca más, ¡lo prometo! ¡Por favor Dios, haz quedesaparezca! ¡Te lo prometo! ¡Te lo prometo...!
La hiena me mira en silencio,pestañeando con parsimonia.
-"Dios mío, te prometo no se qué y no se cuanto". Patético, inclusopara ti.
De repente, arrugo el ceño, y sientoque por encima del miedo, despierta en mi un deseo impetuoso deprotestar.
-¡Discúlpeme! Ha sido una noche rara,estoy en un fuerte estado de embriaguez, y muy cansada. Lo que menosme apetece ahora es escuchar las críticas de un bicho imaginario.Así pues, si no es mucho pedir, le pido que se desaparezca.
-¿Tan pronto?
-¡Son las cinco de la mañana!
-Pero yo acabo de llegar. Me estástratando como a una mala cita.
-¿¿Yo??
-He venido de muy lejos, sólo por ti.Y me dices que me marche sin ofrecerme un refresco, un bocaditosiquiera.
Encojo los pies instintivamente.
-No sé que decirle, señor... ¿hiena?No era mi intención hacerle perder el tiempo, pero le puedo jurarque yo no le pedí venir. Siento muchísimo el malentendido. Y ahora leruego que se marche.
La hiena suspira.
-Para tener estudios universitarios, noeres muy lista, ¿no? -Vuelvo a arrugar el ceño-. Piensa un poco,princesa. ¿Quién, si no tú, iba a invitarme a venir a tu cama alas cinco de la madrugada? Soy un fantasma de tu inconsciente, no elperro de tu vecina.
-¡Bueno! No suelo... Tengo... unequilibrio muy delicado. Quiero decir, que es bastante fácildesequilibrarlo. ¿Comprende? ¡Mire, yo tampoco! He bebidodemasiado, ¿podemos dejarlo ahí?
-El caso es, princesa, que unaparte de tu desequilibrado cerebro me ha traído aquí y por lovisto no quiere que me vaya, pues aquí sigo, ¿no? ¿Meves? ¡Hola! Tú me dirás qué hacemos.
-¡¡Yo no quiero que hagamos nada!!
Los ojos de la hiena relampaguean.Parece que se empieza a enfadar.
-¿Me vas a dejar todo el trabajo,verdad? ¡Válgame el cielo! Eres una hipócrita consentida.
-¿¿Disculpe?? ¡Yo sólo quierodormir!
-No me fastidies...
-Oiga, no digo que sea imposible queparte de... esa parte que ahora no controlo, en su... 'locura'...
-¿Qué me dices si empezamos por algopequeño? Mmm. ¿Un dedo meñique, quizá? Total, no te sirvende mucho.
-¡¡NO!!
Sus ojillos brillan con intensidad.Juraría que son capaces de leerme el pensamiento, y hasta la floraintestinal.
-Por supuesto. ¿Por qué clase devisión monstruosa de pacotilla me has tomado? Al fin y al cabo soytu creación, deberías esperar más de ti misma. Vamos, vamos. Dejade mirarme así. Piensa que, por muy paradójico que te resulte, noharé nada que tú no quieras que haga.
-No sé si eso me tranquiliza.
-Princesa... podemos hacerlo fácil, odifícil. Como tú quieras. Tú mandas.
-No te entiendo.
-Claro que me entiendes.
-Yo no mando nada. Si mandara algo, noestarías aquí.
-Y sin embargo eres tú quien me hallamado. Y mi teléfono no suele sonar demasiado, ¿sabes? No soy loque se dice... popular. Pero hay un feeling natural entre túy yo. Lo noto. Por eso has acudido a mi.
-¿Entre tú y yo...?
-Nos parecemos,nos comprendemos. Feas y siniestras, y las dos nosreímos de lado.
-¿Me has llamado fea?
-No te enfurruñes, querida. No es tanmalo, las feas están infravaloradas. Escondéis tantas cosassabrosas dentro, pegadito a las vísceras... -lahiena rompe la frontera que nos separa acercando su morro hasta micon una suavidad impropia de su bestialidad. Apoya su grueso ymusculoso cuello sobre mi cama. Lucho por no dar un respingo-. Tucarne. Hueles muy bien, ¿sabes?
Me río nerviosamente.
-Sí que sabes cómo tratar a unachica...
-Sé que preferirías oír otro tipo decumplidos, chiquita, pero soy un depredador voraz, no tu príncipeazul -No hace falta que lo jures, joder. Ella ríe como ríen lashienas, me da escalofríos-. Pero yo te sabría querer mucho mejor que ninguno de ellos. No sé qué piensa ese chico tan guapo tuyo,pero a mi me pareces muy apetecible y no te voy a dejar escapar por nada del mundo -se relame, dejando veruna lengua grisácea y carnosa.
-Gracias, supongo...
-No prometo que vaya a gustarte;pero será intenso, te lo garantizo.
-¿Gustar...?
-Que muerda tu carne, triture tushuesos, les saque el tuétano; que roa lo que quede. Que te devorehasta que no quede una pizca de ti.
Me río tontamente, esperando que no senote el repentino rubor en mis mejillas.
-Pareces muy emocionadodescribiéndolo...
-Es la anticipación. Mi estómago está bullendo de emoción de sólo mirarte.
-¿Estómago? Osea que,lo de comerme, ¿es literal?
-¿Qué va a ser si no, una metáfora?Soy una hiena. ¿Crees que he venido a hacerte cosquillas?
-Entonces creo que no me interesa.
-'Entonces creo que no me interesa...' ¿Ni en la antesala de lamuerte abandonas el sarcasmo?
-No estoy en la antesala de muerte.Estoy borracha, drogada, hablando con mi propia alucinación.
-Una alucinación en forma de hiena.
-Soy así de original.
La hiena lanza un gañido al aire.
-¡No te rías! Puedo destrozarte siquiero.
-¡Si yo quiero!
-Ya veo que empezamos a ver las cosascon más claridad.
-Se me estará pasando. Probablemente te quede muy poco para desintegrarte y desaparecer parasiempre en la nebulosa de mi inconsciente.
-Bueno. Pero aún tenemos tiempo de charlarun rato más.
-Creo que ya he tenido bastante porhoy, gracias.
La hiena se ríe con crueldad. De unsalto, se sube en la cama y se abalanza sobre mi. Ahogo un grito.Debería estar asustada, pero, no es real, ¿vale? No piensoasustarme. No lo haré. No estoy temblando.
-¡Aún nos queda lo mejor!
-¡Déjame! ¡Vete! -le pego un empujónpara apartarla, pero pesa como si estuviese hecha de granito. Mecuesta respirar, más por el miedo que por otra cosa. Casi condulzura baja su enorme hocico hasta mi vientre; histérica, trato dedetenerle con las manos, pero de una sola dentellada me saca lastripas. Ni siquiera soy capaz de gritar. Cierro los ojos. No es real.Claro que no es real. Por supuesto que no puede ser real. ¡Pero,duele! No puedo respirar. Moriré de un ataque de ansiedad provocadopor una alucinación que me devora las tripas, y nadie lo sabránunca... Me parece tan triste. De repente, tengo ganas de llorar.Todo está blanco. Tan blanco que me molesta a los ojos, inclusocerrados. Mis manos engarrotadas buscan en medio de la nada, pero nohay a qué sujetarse.
-El dolor es una buena señal. El dolores real... -Pero, ¿quién ha dicho eso?
Yo, claro. Quién si no. No hay nadie más.