Clara
Clara clara, clarita Clara. Paladea el nombre entre los labios, sintiendo el rubio estallar en su lengua. Sólo mencionar su nombre invoca al blanco, que llega en una tromba. Cierra los ojos, deja que le envuelva, lo respira por la nariz, a grandes bocanadas por la boca. Sube, con velocidad endemoniada, cegándole con su luz; le atraviesa el cerebro hasta el centro mismo del sistema límbico, y allí le destroza. Sonríe feliz, recordándola. Que blancura la de sus brazos, la de sus muslos blancos. Lo rodeaba la luz, como si estuviera a punto de morir. ¡Eso es! Como si estuviera a punto de morir.
La mujer sin corazón
Cuando está triste, no tiene corazón. O lo tiene, pero se resquebraja, se abre, deja de serlo para convertirse en una de esas exóticas flores que crecen en lo más profundo de la selva, de colores oscuros y brillantes, rezumando ácido.
Cuando es feliz, tampoco lo tiene, porque pierde peso y se le escapa por la boca sin darse cuenta. Y mientas él flota ingrávido y alegre por encima de su cabeza, su lugar lo llena un impulso brillante, como una especie de remolino de viento que creara energía.