domingo, 12 de julio de 2009

Lost in translation

Margarita, apoyada en la balaustrada de la escalera con pudorosa indiferencia, ofrece su perfil al caballero inglés. Éste, ansioso por enaltecer su belleza la llama “gacela”, pues ayer se deleitó con poemas de tiempos Omeyas y tiene la mente llena de criaturas gráciles, palmeras, oasis, y luna llena, pero se confunde al traducir y acaba alabando su “tierno rostro de ciervo”. Ella, poco acostumbrada a las metáforas orientales, baja los ojos, sin saber si tomárselo como un piropo o un chiste.
El deseo flota en el ambiente con aromas florales, y el caballero se marea un poco.
-¿No le gustan mis requiebros, señorita? -pregunta el inglés acercando su rostro y atusándose el bigote. La joven reprime una risita ante su extraña manera de expresarse-. Sepa usted que me resulta doloroso encontrar las palabras adecuadas que definan su belleza. Siento que la lengua se me revela, las palabras juegan conmigo, se ríen de mí.
-Querrá decir "difícil" -le corrige ella suavemente.
-¿Perdón?
-Ha dicho que le resulta doloroso encontrar las palabras adecuadas... querrá decir “difícil”, señor. “Doloroso” implica sufrimiento, dolor.
El inglés vuelve a atusarse el bigote y le clava las pupilas de forma impúdica. Posa una mano enguatada en el antebrazo desnudo de ella, que desvía fugazmente la mirada hacia la avanzadilla sin ademán de oponer resistencia. La presionan suavemente para que se gire y lo mire de frente, a lo que accede.
-Entonces, permítame que me reafirme. Pues aunque no lo crea una parte de mi sufre un tremendo dolor sólo con mirarla.
La punta de la aristocrática nariz del caballero casi le araña las mejillas de lo cerca que están. El inglés inspira impetuoso una bocanada de aire, tragándose sin darse cuenta parte del oxígeno que le correspondía a Margarita, que se tambalea. Ambos se miran en silencio.
-Dígame una cosa, señor.
-¿Sí, querida?
-¿Desea follar conmigo esta noche?
El inglés la mira sin expresión definible en el rostro, como si esperase que la joven hiciera una pregunta diferente a la que acababa de hacer.
-¿Perdón...?
Margarita, sonriendo suavemente, traduce la frase al inglés con un acento de Cambrigde impecable. Los ojos del joven relampaguean cuando el cerebro procesa lo que acaba de oír. Retira la mano enguatada, da un traspiés. De repente la piel de ella le quema con un calor insoportable. Su ego se revela sintiéndose atacado por alguna razón que no comprende. Carraspea, pues el tiempo y el silencio corren en su contra. Elabora una enigmática respuesta oracular que no es ni una afirmación ni una negación.
La sonrisa de Margarita se enfría poco a poco en sus dulces labios. Se aleja un paso de él. Le vuelve de nuevo el decoroso perfil, mientras se arregla el lazo del sombrero. Se inventa alguna cosa que hacer, se disculpa por no dejarle que se explique mejor, y ambos se despiden, profundamente indignados el uno con el otro.