martes, 9 de noviembre de 2010

El deseo de ser esqueleto


Sucedió una vez, y estas cosas pasan una sola vez en la vida. Era verano. Los dos llegaron dispersos, entre medio de mucha gente, en una algarabía de voces; como olas lejanas en un mar pálido. De repente, mas no de casualidad: en realidad, llevaban tiempo buscándose entre los huecos de los brazos, entre los vasos de cerveza, entre las barbas y las sonrisas con pintalabios. Sucedió que, por fin, coincidieron allí, en la esquina de las pupilas... un mismo espacio y un mismo tiempo. Se miraron como se miran dos agujeros negros en el océano cósmico, como se miran dos remolinos en el mar. Se miraron, y estalló un fuego nuclear. Todo blanco primero, y luego todo negro, y no se vio ya nada más que a ellos mismos en un fondo de fuego. Se les fue despojando poco a poco las capas de piel, la carne, los músculos. Ni siquiera sonreían, o no sé, pues ya no tenían bocas con que hacerlo; pero si lo hacían, era así, muy brevemente y no por alegría: como lo hacen las esculturas arcaicas griegas, como sonríen los budas. Y todo lo efímero se desintegró, el mundo entero a su alrededor, y aún ellos mismos, hasta que no quedó más que una mirada de ida y vuelta, sostenida desde lo profundo de dos esqueletos de marfil. Luego, cuando tuvieron que dejar de mirarse, el mundo tomó forma otra vez, y la realidad les pareció desde entonces un sueño pálido.