Guapa no es. Quiero decir, tampoco es fea. Creo que con ella uno no puede emplear los cánones de belleza habituales. A ver, me refiero a que tiene algo, pero es un algo etéreo poco dado a calificaciones de tipo sencillo, como guapo-feo. No sé si me entiendes. Tiene una belleza extraña, estrambótica, que no tiene que ver con el tamaño de sus ojos o de su nariz, o el grosor de sus labios. Más bien es algo en su forma de mirar, o el dibujo de su sonrisa. Pero no, fea no es, aunque guapa tampoco. No me gustan nada sus zapatos, eso seguro. No, bueno, no digo el gusto a la hora de elegir sus zapatos, me he expresado mal. Me refiero a que nunca se preocupa en llevarlos bien cepillados. Por ejemplo, anoche. Me fijé que llevaba las botas manchadas de barro. Los zapatos dicen mucho de una persona, ¿sabes? Y ella los llevaba llenos de barro. Es fácil deducir que no se fija por donde pisa. Es lo que cualquiera pensaría, pero no es así. Fijarse se fija bien, muy bien, pero no se quiere fijar, que es distinto. Es lo que hace: desfijarse. Le gusta ir medio loca por la vida, mirando para dejar de mirar lo que tiene delante, prefiere mirar al cielo, a la mosca que le pasa volando por delante, o las margaritas silvestres que crecen en los bordillos de las aceras; lo que sea, con tal de no mirar al frente, o dejar de mirarlo, y por eso se mete en los charcos. No es que no los vea, ¿entiendes? Claro que los ve, estoy convencido de ello. Al principio la ves y piensas: “qué chica tan despistada. Si mirara lo que tiene delante, se fijaría que hay un charco y no se metería en él. Pero como va pensando en las musarañas, pues siempre se mancha los zapatos”. A mi también me engañó, no creas.
Y anoche llegó, y de nuevo tenía las botas manchadas, y el barro le había llegado hasta la altura de los tobillos... Debió zambullirse de pleno. Cualquiera pensaría: “pues hay que estar despistada”. Pero yo ya sé la verdad. Si ella pudiera, saltaría en él directamente, soltando carcajadas al aire, con los ojos cerrados, porque no hay nada más divertido que saltar en un charco cuando llevas botas puestas, formar pompitas en la superficie del agua fangosa y ver las caras de envidia de los niños, cuyas madres sujetan firmemente de la mano para que no se le unan a la fiesta. Eso es lo que le gustaría hacer en el fondo. ¿No te digo que está medio volada? Lo que pasa es que como está mal visto que un adulto haga esas cosas, y más una adulta, pues se inhibe. A medias. Aunque quiera, aunque se obligue así misma, no puede resistirse del todo. Yo creo que su corazón, entre pálpito y pálpito, se agita con tanta rebeldía... La disciplina burguesa la ha domado solo en la superficie, ¡pero en cuanto puede!
Lo mejor de todo es que usa una táctica tan sutil de distracción que no sólo engaña a los demás, sino a ella misma en el proceso: afirma con seriedad que evitará el charco, de hecho, si le preguntas al respecto, lo asegurará rotundidad, porque así lo cree. Pero que no te engañe con su cara de jovencita obediente. Aunque esté convencida que jamás saltará en un charco para dejar que sus botas nuevas se manchen de barro, en el fondo, es lo que desea. Guarda ese anhelo con llave en su corazón, a sabiendas que de esta manera su conciencia la dejará tranquila, evitándose el juicio de la sociedad y el de la educación recibida. Pero en el fondo ha guardado esos anhelos en habitaciones con segundas puertas muy bien disimuladas, y así, cuando está segura y convencida que de ahí no saldrán hasta que ella lo mande, hasta que llegue con el manojo de llaves en la mano, esos anhelos hace rato que se han escabullido de puntillas y salieron del escondrijo. ¿Entiendes lo que quiero decir? La muy listilla se cubre las espaldas, y mientras te repite y se cree que va a evitar los charcos, deja que esos anhelos tomen el timón de su inconsciente y la guíen hasta ellos; mientras tú, ingenuo, caminas a su lado sin percatarte del engaño, pues te mira de esa manera, exhalando su perfume de chica remilgada y discreta, ¿que, cómo vas a sospechar? hasta que ¡zas!, ya está dentro del charco, y si no tienes cuidado acabas también con los zapatos sucios...
Todo parece completamente accidental. Al principio yo también caí. De hecho, la seguí, y llegué no pocas veces a casa manchado hasta las cejas, fastidiado no sólo por tener que cepillar los zapatos y darles un baño de alcanfor antes de acostarme (ya sabes cuanto me disgusta ir a trabajar con los zapatos sucios), sino por mi demostración manifiesta de torpeza. Tenía que poner fin a esto, concentrarme en el camino. De esta manera fue como me di cuenta. Y me costó, pues como te digo, su estrategia es sutil: al entrar en una calle lanza una amplia mirada de reconocimiento, siendo capaz, de una sola tacada, de fijarse en multitud de detalles, por supuesto, de localizar los charcos. A menudo se le ha escapado algún comentario sobre las palabras escritas en los ladrillos del edificio, una piedrecita de cuarzo que brilla junto a la basura: pequeños detalles que demuestran su capacidad para retener toda esa información. Pero disimula muy bien que la tiene mientras habla contigo distraídamente en metáforas, desviando los ojos ahora a las nubes, ahora a los escaparates de baratijas, o al perrito sentado a la puerta del supermercado esperando su dueña. Le encanta hacerse la interesante y terminar en los charcos, casi por casualidad. Por eso siempre sonríe cuando se encuentra así misma en mitad de uno, ¿sabes? Alguien que no querría mancharse las botas de barro de verdad, gemiría con desaprobación hacia sí mismo, protestaría por su torpeza, algo así. Pero ella no. Ella sonríe divertida, a lo sumo se encoge de hombros y musita un “¡anda!”, como si realmente no se esperase estar en medio de un charco. Lo que pasa es que, en el fondo, aunque lo niegue, aunque pretenda convencerse que no es así, lo quería. Lo deseaba. ¿Lo entiendes?
Es normal que te haya pasado desapercibido. Hace falta ser un gran observador para
descubrir el pastel. En realidad si no me lo hiciera con tanta frecuencia ni yo me habría dado cuenta. Pero ya la veo venir. Y cuando se encoge de hombros y musita:
“¡Vaya!” chapoteando en el charco, pues yo le sonrío con condescendencia, y espero a que salga, echándome a un lado para que no me salpique.
Cuando la descubrí la regañé: "me he dado cuenta de lo que haces", pero me miró con aquella expresión de vergüenza y culpa, y también algo de miedo. Le puso nerviosa saber que la había descubierto. Decidí que era mejor disimular, y ya no le digo nada, si no, se sentiría demasiado vulnerable a mi lado.
En fin. Luego le paso un pañuelo y le pido que se adecente un poco, a lo que ella siempre contesta con una risita condescendiente consigo misma, y después me obedece. Así lo hace siempre. En el fondo es feliz, porque se ha salido con la suya. Y yo la dejo, claro. La dejo porque me gusta verla sonreír así. Como anoche. Como sonreía anoche, cuando nos vimos, yo con la blusa pulcramente planchada y los zapatos limpios; ella con el vestido ligeramente descosido en el dobladillo, a la altura del muslo izquierdo, y las botas llenas de barro. Yo le dije: “siempre acabas en los charcos, ay, estás tan atolondrada...”. Y ella volvió a sonreír así, soltó una risita y me pidió un pañuelo para adecentarse los zapatos, dijo que lo hacía por mi, pues estaba segura que yo era el único que se fijaba en esos detalles sin importancia.
jueves, 30 de diciembre de 2010
jueves, 9 de diciembre de 2010
El informe
La recordaba adormilada, mirando sin mirar hacia la ventana, mientras él escribía a ratos en el portátil, desconcentrado.
A la luz de los datos ofrecidos por la compañía, podemos concluir.
Aún puede captar el aroma a los dos que se respiraba en la pequeña habitación. El cristal de la ventana les hacía de lupa; él se deleita imaginando que a ella le calentaba la frente, que no le dejaba abrir los ojos entornados con languidez animal, mientras se acurrucaba contra él. O quizá simplemente estaba aburrida porque llevaban demasiado tiempo sentados en el sofá, sin hablarse, porque él tenía que terminar el informe.
Por tanto vemos necesario exigir a la compañía.
Ella ya no estaba. En cambio el informe seguía en el archivador del mes de Enero de su despacho.
Ella ya no estaba. En cambio el informe seguía en el archivador del mes de Enero de su despacho.
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