miércoles, 17 de marzo de 2010

La primavera de Silvia

Silvia no entiende los por qués, ni tiene idea del cómo diablos. Sólo sabe cuando empezó todo: una tarde apacible en el parque, mientras se dejaba calentar bajo los rayos de sol. Había salido a pasear con su vestido nuevo y un amplio sombrero de paja que le daba aspecto de joven pueblerina, saludable, vital, en plena explosión de su fertilidad. Estaba tan hermosa que todo aquel con quien se cruzaba, ya fuera hombre o mujer, se quedaba embobado observando sus tiernos cabellos dorados, la carne blanda que refulgía templándose bajo el sol primaveral. '¡Nenita, qué diosa!', había exclamado una anciana que pasó junto a su banco en el parquecillo. Silvia había sonreído, sonrojada, complacida y complaciente. No sabía qué era, pero estaba claro que alguna luz especial la hacía brillar entre el común de los mortales ese día.
En casa, ya de noche, se había desnudado frente al espejo antes de entrar en la ducha. Recuerda la vaga sorpresa al contemplar su piel teñida de un tono verdi-amarillo muy alegre, como de limón joven. Al principio lo achacó a algo circunstancial. ¡Demasiado tiempo bajo el sol! Pero a medida que pasaron las horas y seguía viéndose así, pensó más bien en un defecto visual. ¿Quizá era daltónica y no lo sabía?
A la mañana siguiente, al despertar, sus mejillas seguían con el mismo tono amarillo tostado, y se asustó. Llamó a su madre corriendo, que lo achacó a algún tipo de efecto del césped del parque sobre su epidermis; pero por más que Silvia frotó, primero sola, después con la fogosa ayuda de su madre y una esponja de crin, fue imposible borrarle el tono verdi-amarillo sin despellejarse viva en el intento. De nada sirvieron sus blandas protestas al jardinero de la comunidad, airadas luego cuando las pronunció su madre con su instinto maternal haciéndole soltar fuego por la boca. Tampoco sirvieron las denuncias posteriores al vivero responsable de los plantones, ni los análisis químicos de la aseguradora. Él médico que le hizo las pruebas confirmó que no le ocurría nada malo, ni a su piel, ni a su corazón, ni a su hígado, ni a sus riñones, ni a nada que se pudiera poner bajo el microscopio. Simplemente, no tenían una explicación racional para lo que le estaba pasando a Silvia. 'Supongo que será el cambio de estación', le había dicho el doctor alzando las cejas, recetándole unos cuantos antihistamínicos para la alergia mientras su madre lloraba desconsolada en la silla.
Unas semanas después Silvia aceptó con resignación la fina hierba del color de las manzanas ácidas que le empezaba a cubrir ya todo el vientre, los pechos y las piernas. El proceso de metamorfosis continuó: unas lánguidas cintas le brotaron de los hombros, a modo de llamativos y elegantes espolones; tiernas y brillantes hojas de hiedra se enredaron suavemente desde su ombligo a sus caderas, tréboles esmeraldas y blancas llamanovias cubrieron su sexo, jazmines tiñeron sus mejillas de blanco y rosado; y finalmente, espigas salvajes coronaron su cabeza. Para mediados de mayo, Silvia se había convertido en un fragante bosque en miniatura para el asombro de todos.
Desde entonces, todos los finales de abril comenzaba el mismo proceso: su piel comenzaba a reverdecer hasta que su cuerpo se convertía en una explosión de colores y fragancias; pasándosele el efecto con los calores intensos del verano, cuando sus flores y hojarascas retrocedían demasiado acaloradas por el sol y la brisa llameante.
Su madre acabó creyendo que alguna bruja celosa de la belleza de su criatura le había echado un hechizo maligno por puro despecho. Pero Silvia, que se acordaba muy bien de las palabras de la anciana con la que se encontrara aquel día en el parque, comprendía perfectamente lo que había ocurrido: por alguna razón que no entendía una diosa la visitaba las primaveras, haciéndola florecer y brillar de marzo a junio con la luz y los colores templados de los jardines, los huertos y los valles.

lunes, 1 de marzo de 2010

El autobús

Es un día normal, más o menos aburrido, como ayer, o como pueda ser mañana. Piensas, sentada en tu mesa tan temprano, que no habrá nada especial en él por lo que merezca dejar constancia de este día en ningún diario. Estás demasiado cansada para escuchar los presagios que flotan en el aire, que ingenua de ti, agitas creando remolinos con las manos al apartarlos. No oyes aún, aunque lo harás.
Te adormilas en la mesa de la oficina, sólo ves letras sin sentido brillando en la pantalla del ordenador, no hay ganas de resolver enigmas. Al fondo, una canción vacía con la que no te emocionas, tampoco te deja soñar.
Un día de estos que pasan sin sentir, piensas. No pasan como tú imaginabas que pasarían. La vida es lo que es, y no lo que soñabas que sería. Quizá para compensar la cincelas con algo de grandilocuencia en tus palabras, en tu mente. Pero en el fondo, qué demonios, te fastidia tener que ser tú, y no ella, la que te sacuda con su maravilla. Qué injusticia, piensas. Que gran injusticia. La vida es así, tan simple, tan sencilla, tan tontuna. ¿Qué le vamos a hacer? Se queda a tu lado sonriente y nada más. ¡Tan tontuna! Tú lo que quisieras es que te abrazase, te cogiese en brazos, te hiciera el amor. O al menos, si no hay más remedio, que te golpease un poco, hasta hacerte sangrar. La cuestión es que te demuestre que le importas.
Vuelves a quejarte en silencio, mirando el reloj.
Dentro de un mes te verás mirando por la ventana con una taza de café entre las manos, esforzándote en recordar todos los detalles de este día tan aburrido que pretendes olvidar. Por alguna extraña razón te acordarás de la canción que se escucha de fondo mientras escribes 'merezco algo más' en letras mayúsculas. Y dejará de ser una canción tonta para ti.
Alzas la vista de nuevo, una hora de números impares en el reloj, de las que hay que redondear si te preguntan. Hace diez minutos (redondeando) que tendrías que estar fuera, y ni siquiera te has dado cuenta. ¡Qué mala señal! Te irritas después porque has perdido tu autobús, y ahora tendrás que esperar media hora más. Suspiras en el frío de la noche que se te enrosca sin querer al cuerpo. Cuando llega el autobús no protestas por el retraso, más bien saludas como siempre con tu sonrisa cordial, le das la moneda al conductor, que apenas te mira ni contesta a tu 'buenas noches', porque él está igual de cansado que tú, pero no es tan cordial. En realidad, casi nadie lo es, pero no te importa, o digamos, tú no puedes evitar serlo, o que no lo sean los demás, así pues, qué más da. En cuanto pasas dentro vuelven las ojeras en este escenario anodino que recorres a diario. Suspiras blandamente, sin quitar la vista del la ventanilla sucia por la que nada quieres ver, sólo sombras y luz.
La vida es así. Tontuna. Te repites para terminar de convencerte.
Pero sabes que un día mientras caminas mirando al suelo, un rayo te dará en la cabeza y te cargará de electricidad, alguien pronunciará una palabra que se te inyectará en lo más hondo del cerebro, delante de ti se asomará un milagro, y tú, erizada, despertarás. Con los ojos muy abiertos, temblarás por la brisa que te susurra sus secretos al oído. De repente puedes verlos flotando junto a ti, ingrávidos, tan acostumbrados a ser ignorados que al principio tienes que esforzarte un poco para distinguir su leve opacidad, afinar el oído para que te llegue su sonido tenue, acompasado, como si fuera el aire mismo respirando. En los comienzos todo es leve, por eso tendrás que esforzarte en recordar. Luego, lo querrás devorar todo con ánimo estudiantil. Pero es cuestión de tiempo, ya sabes. La sencillez es demasiado pura, la pureza mirada de cerca puede quemar, es demasiado intensa y brillante, te hace dudar de tu capacidad para soportarla, y acabas temblando de miedo.
Él se acerca, escuchando al mismo secreto que, arrodillado y sujetando tu mano, te grita desde esta mañana como hacía Casandra, mientras tú volvías el rostro para otro lado. El chico te está mirando, te pregunta sonriente: ¿está libre este asiento? Y tú pensarás, ¡qué frase tan tontuna! ¡Qué primeras palabras tan poco dignas de recordar! Y sin embargo las vas a recordar bien, éstas y toda la conversación posterior, queriendo escuchar el eco de algo fundamental resonando detrás, que quizá no existe. O quizá solo existe para ti. Lo mismo es, ¿verdad?
Le has dicho que puede sentarse contigo y él acepta, le sonríes de vuelta, sólo brevemente, poniéndote el escudo de educada indiferencia que usas con todos los desconocidos con los que tienes que compartir tu espacio personal. Ha visto el librito que llevas entre las manos, y cómo se aburre, te habla de su personaje favorito, con el que por cierto tú no coincides, aunque es curioso verlo a través de sus ojos. Él sigue hablando, te cuenta que estuvo en aquel país en que transcurre la historia. La arquitectura tan fascinante. Dice que recorrer sus calles habiéndolas leído antes tenía algo de mágico, aunque también triste, sin saber muy bien por qué. Tú lo adivinas, pero te cuesta pronunciarlo. Le sonríes con luz tenue mientras le cuentas que lo imaginado, lo soñado, a veces se mezcla con la realidad, se superpone a ella en un lugar y en un tiempo, y eso siempre tiene algo de nostálgico, ¿verdad? Ambos os sonreís, en un silencio que empieza a resonar con estrépito. ¿Qué ha pasado? Tú ya estás creando una poesía en tu cabeza, pero aún queda mucho tiempo para que empieces a escribirla en el papel. Él va apagando las palabras, algo perturbado, habla de la bicicleta, de los puentes y los días de sol. Tan suave, para que no se note cuando os invada la oscuridad de la que ha surgido, porque está temiendo que llegue, así que prefiere provocar él mismo su venida, para al menos poder controlar algo. No sabes por qué, pero te enterneces. Alargas el ocaso un poco más (sólo un poco). Y él, tímido, responde (sólo otro poco). Y así, sin daros cuenta, frente a la puerta de tu casa, ninguno sabe como dejar de hablar. Os decís vuestros nombres, atropelladamente. Sólo dos palabras, pequeñitas, en las que hay que condensar tantísimas cosas que se convierten en nada, siendo como son dos vidas enteras. ¡Qué contradicción! Piensas. Y él piensa lo mismo que tú. Os despedís con un beso en la mejilla, números encadenados con los que volver a coincidir, y una promesa de mañana. Y ya está, así de simple. Así de sencillo. De esta manera, algo tan tontuno como perder el autobús, se convierte en un milagro.