Silvia no entiende los por qués, ni tiene idea del cómo diablos. Sólo sabe cuando empezó todo: una tarde apacible en el parque, mientras se dejaba calentar bajo los rayos de sol. Había salido a pasear con su vestido nuevo y un amplio sombrero de paja que le daba aspecto de joven pueblerina, saludable, vital, en plena explosión de su fertilidad. Estaba tan hermosa que todo aquel con quien se cruzaba, ya fuera hombre o mujer, se quedaba embobado observando sus tiernos cabellos dorados, la carne blanda que refulgía templándose bajo el sol primaveral. '¡Nenita, qué diosa!', había exclamado una anciana que pasó junto a su banco en el parquecillo. Silvia había sonreído, sonrojada, complacida y complaciente. No sabía qué era, pero estaba claro que alguna luz especial la hacía brillar entre el común de los mortales ese día.
En casa, ya de noche, se había desnudado frente al espejo antes de entrar en la ducha. Recuerda la vaga sorpresa al contemplar su piel teñida de un tono verdi-amarillo muy alegre, como de limón joven. Al principio lo achacó a algo circunstancial. ¡Demasiado tiempo bajo el sol! Pero a medida que pasaron las horas y seguía viéndose así, pensó más bien en un defecto visual. ¿Quizá era daltónica y no lo sabía?
A la mañana siguiente, al despertar, sus mejillas seguían con el mismo tono amarillo tostado, y se asustó. Llamó a su madre corriendo, que lo achacó a algún tipo de efecto del césped del parque sobre su epidermis; pero por más que Silvia frotó, primero sola, después con la fogosa ayuda de su madre y una esponja de crin, fue imposible borrarle el tono verdi-amarillo sin despellejarse viva en el intento. De nada sirvieron sus blandas protestas al jardinero de la comunidad, airadas luego cuando las pronunció su madre con su instinto maternal haciéndole soltar fuego por la boca. Tampoco sirvieron las denuncias posteriores al vivero responsable de los plantones, ni los análisis químicos de la aseguradora. Él médico que le hizo las pruebas confirmó que no le ocurría nada malo, ni a su piel, ni a su corazón, ni a su hígado, ni a sus riñones, ni a nada que se pudiera poner bajo el microscopio. Simplemente, no tenían una explicación racional para lo que le estaba pasando a Silvia. 'Supongo que será el cambio de estación', le había dicho el doctor alzando las cejas, recetándole unos cuantos antihistamínicos para la alergia mientras su madre lloraba desconsolada en la silla.
A la mañana siguiente, al despertar, sus mejillas seguían con el mismo tono amarillo tostado, y se asustó. Llamó a su madre corriendo, que lo achacó a algún tipo de efecto del césped del parque sobre su epidermis; pero por más que Silvia frotó, primero sola, después con la fogosa ayuda de su madre y una esponja de crin, fue imposible borrarle el tono verdi-amarillo sin despellejarse viva en el intento. De nada sirvieron sus blandas protestas al jardinero de la comunidad, airadas luego cuando las pronunció su madre con su instinto maternal haciéndole soltar fuego por la boca. Tampoco sirvieron las denuncias posteriores al vivero responsable de los plantones, ni los análisis químicos de la aseguradora. Él médico que le hizo las pruebas confirmó que no le ocurría nada malo, ni a su piel, ni a su corazón, ni a su hígado, ni a sus riñones, ni a nada que se pudiera poner bajo el microscopio. Simplemente, no tenían una explicación racional para lo que le estaba pasando a Silvia. 'Supongo que será el cambio de estación', le había dicho el doctor alzando las cejas, recetándole unos cuantos antihistamínicos para la alergia mientras su madre lloraba desconsolada en la silla.
Unas semanas después Silvia aceptó con resignación la fina hierba del color de las manzanas ácidas que le empezaba a cubrir ya todo el vientre, los pechos y las piernas. El proceso de metamorfosis continuó: unas lánguidas cintas le brotaron de los hombros, a modo de llamativos y elegantes espolones; tiernas y brillantes hojas de hiedra se enredaron suavemente desde su ombligo a sus caderas, tréboles esmeraldas y blancas llamanovias cubrieron su sexo, jazmines tiñeron sus mejillas de blanco y rosado; y finalmente, espigas salvajes coronaron su cabeza. Para mediados de mayo, Silvia se había convertido en un fragante bosque en miniatura para el asombro de todos.
Desde entonces, todos los finales de abril comenzaba el mismo proceso: su piel comenzaba a reverdecer hasta que su cuerpo se convertía en una explosión de colores y fragancias; pasándosele el efecto con los calores intensos del verano, cuando sus flores y hojarascas retrocedían demasiado acaloradas por el sol y la brisa llameante.
Su madre acabó creyendo que alguna bruja celosa de la belleza de su criatura le había echado un hechizo maligno por puro despecho. Pero Silvia, que se acordaba muy bien de las palabras de la anciana con la que se encontrara aquel día en el parque, comprendía perfectamente lo que había ocurrido: por alguna razón que no entendía una diosa la visitaba las primaveras, haciéndola florecer y brillar de marzo a junio con la luz y los colores templados de los jardines, los huertos y los valles.