jueves, 1 de diciembre de 2011

Historia de amor de un opositor y una fracasada

Era más joven que yo, más canijo que yo; mucho más educado, amable, y alegre que yo. La querencia entre los dos despertó pronto, pero no con la misma intensidad en ambos, como por desgracia suele ocurrir. Mi discreto distanciamiento de la última semana fue una forma de decirle que no; así le evitaba la necesidad de preguntármelo en voz alta cuando no le quedara nada por perder, y yo no tenía que pasar el mal trago de responderle. Todo hubiera quedado ahí, sin más historias; sin embargo volvimos a coincidir ante nuestra mutua sorpresa cuando empezó el calor del verano y nos volvió a llamar nuestro antiguo jefe.
Seguía siendo más joven que yo, ahora mucho más que antes, o eso me parecía.
Tostado por el sol, lucía una sonrisa blanqueada en el dentista; había empezado a ir al gimnasio y estaba matriculado en una academia: pagaba setenta euros al mes. Había vuelto allí buscando un trampolín para seguir subiendo. Tras un tumultuoso viaje yo había terminado allí, como último recurso. Mi historia era mucho más larga que contar e incluía despidos, drama, mal de amores; no le conté nada más que mentiras. Y aunque las cosas eran bastante diferentes a como fueron la primera vez, fue inevitable que volviera a despertarse lo mismo entre nosotros. Y eso que yo estaba dispuesta a no querer; pero es que una cosa es lo que una se propone, y otra la realidad... Y la realidad es que yo estaba débil, y que de por sí ya es complicado alejarte de alguien que tiene un deseo tan manifiesto por complacerte. Sabía que no debía, que él no se lo merecía, ¡pero estaba tan necesitada de cariño! Y él, “la chica ideal”, decía; “No como las demás”.
Era mucho más joven que yo. Sonreía mucho más que yo. Opositor a policía nacional de 27 años, fan de los monólogos de El Club de la Comedia; vivía solo y se planchaba su ropa, le encantaba cocinar. También la playa: se alquilaba una hamaca en el chiringuito y era capaz de echar el día entero en la arena sin aburrirse, él sólo: “normalmente, siempre se conoce a alguien”. Por las tardes patinaba, o cogía la bici y se iba al paseo marítimo. Por eso estaba tan moreno, claro. No le gustaba beber: sólo se había emborrachado una vez en su vida. Como era fácil deducir no había fumado nunca, marihuana mucho menos: detestaba cualquier tipo de droga. No le gustaba el centro los sábados por la noche, aunque le encantaba bailar salsa en los locales especializados de las afueras de la ciudad; y lo hacía muy bien, o eso le habían dicho las mujeres. Pero las chicas fáciles no le despertaban mayor interés, le frustraba que sus parejas de baile de culos prietos le dejaran meterles la lengua hasta la campanilla después de invitarlas a unas pocas copas; o peor, que se la metieran a él. “Qué gracia tiene eso”, se quejaba. “No significa nada”. Me contaba todas estas cosas con tal desparpajo y confianza, y yo no podía evitar encariñarme con él. "Busco otra cosa, algo que no es fácil de encontrar”.
Hasta que le conocí, me parecía imposible que un hombre admitiese con tal franqueza su interés por mi. Era muy halagador. También era fácil entender la fuente de su fascinación: si pudiéramos elegir, todos querríamos tener algo especial, ser dueños de algo diferente que no pudiera tener nadie más. Saltaba a la vista que yo era una de esas; ya conocía de sobra esa mirada del que había aceptado un reto al que yo no le había desafiado.
Era igual de fácil dejarse encandilar, que encandilar. Quién me culpará por soñar que al dejarle entrar en mi vida, dejaba entrar algo de cordura y cariño. Sin luchas, sin huidas, sin esa obligación de resistirse; pequeñas certezas en forma de flores, bombones, todas esas manidas cursilerías. ¿No es verdad que podría haberme gustado? ¿Que fueron legítimas mis dudas, que quizá... era un poco de esto lo que necesitaba para ser feliz?
Pero al final fui justa y no acudí a su cita. Salí y me emborraché como una perra hasta casi perder el sentido. Él sólo se había emborrachado una vez en su vida, pensaba yo presa de los sudores fríos; quiere llevarme al cine, a tomar café, paga setenta euros al mes a la academia donde se está preparando para ser policía nacional....
Y cuando él me miraba, yo era parte de ese mundo lleno de bondad y optimismo en el que vivía; porque veía a la niña de risa cantarina e inquieta, sus ojos huidizos de liebre, esas tetas tan pequeñas que habría que rebuscar para encontrarlas debajo de la camisa. Cómo iba a imaginar que la niña soñaba por las noches con monstruos que la devoraban por dentro, comiéndose sus intestinos con un sonido terrible de molinillo de café.
Tan sólo una pequeña parte de mi encajaba en su mundo de bondad, la otra no tenía cabida ni allí, ni en ninguna parte, e intentar meterla hubiera sido una canallada. Pero a esas alturas, ¿cómo podía decirle que estaba tan equivocado conmigo sin hacerle sentir un ingenuo? Porque sabía cuanto sufriría al tenerme sentada en su sofá, ausente, con la certeza que no podía hacer nada para sacarme de la apatía; porque sencillamente no daba para más: porque era demasiado normal, feliz, y bueno, y eso no era suficiente, porque conmigo nunca nada era suficiente. Se sentiría un fracasado por no poder hacerme feliz, y yo me sentiría culpable por hacerle sentir un fracasado por no poder hacerme feliz, y qué manera de destrozarnos el uno al otro tan tontamente.
Ojalá hubiera hallado el modo, pero no hubo manera de rechazarle sin hacerle sentir que había sido engañado vilmente por una zorra impostora. Quizá ya haya aprobado las oposiciones y tenga plaza en algún sitio. Me imagino que en una ciudad con mar, eso espero.

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