jueves, 11 de febrero de 2010

Efímeros

Transparencia
No he aprobado el examen. No se ha hundido el mundo, pero me siento vagamente fracasada hoy. Más concretamente, sé que debería sentirme así, que intelectualmente viene a ser algo parecido, aunque no es lo mismo. Lo cierto es que estoy demasiado cansada como para evocar mi fracaso con mayor intensidad o fuerza. En realidad, creo que hasta me da igual. Transparente, me atraviesa mi fracaso sin provocarme ningún daño.

Intensidad grande
Odio mi trabajo. Odio trabajar de noche. Odio los crujidos en la espalda. Odio ser una zombie por el día, cuando me encuentro a las vecinas en el supermercado y ellas me saludan con sus voces cantarinas, mientras yo arrastro los pies, tan cansada que ni siquiera siento el frío al cruzar la sección de congelados. Luego ellas salen juntas a correr, los lunes echan partidos de tenis, pero a mi no me avisan porque con mi trabajo siempre estoy demasiado cansada para hacer nada. Por eso odio mi trabajo. Y el odio me invade y me hace más grande para poder abarcarlo todo entero, porque con mi altura de uno sesenta y cinco no sería suficiente.

Intensidad pequeña
Me roza el brazo, levemente. No es un contacto fortuito, aunque lo finja. Contengo la respiración y no sé si se me nota, lo cual me pone nerviosa. Él no me mira, sigue hablando con su amigo, pero siento que me observa con algún tipo de súper-poder. Posa su mano en mi brazo, lo acaricia sólo un poco, y algo prende súbitamente en mis entrañas dejándome ciega. Me voy haciendo más pequeña, más y más, hasta no ser más que mi brazo, como un guiso que se concentra a olla abierta. Él dice algo, ambos me están sonriendo, pero soy incapaz de entender sus palabras. Les devuelvo una sonrisa que tiembla en mi boca, porque a los brazos les cuesta sonreír.