lunes, 15 de octubre de 2012

La tumba sin tiempo

Nací hace siglos de la garganta de una mujer. Soy un pequeño gorrión. A veces estas cosas pasan (que un gorrión brote de la garganta de alguien) no me preguntéis por qué pero pasan. Leed libros. Las historias están ahí. El destino, digo yo.
Vivo en la cámara funeraria que contiene el cuerpo de mi madre. Puedo entrar y salir cuando me plazca por una pequeña ventana circular tallada en la pared y darme un garbeo por el bosque y la villa, los caminos y la ciudad... pero siempre acabo volviendo aquí, a ver si algún día ella despierta y me echa en falta.
En la cámara la máxima luz que se alcanza es la penumbra, el resto es oscuridad. Este lugar es sólo momento sin tiempo, una tumba sombría donde los días y las noches son prácticamente iguales. Pero siempre acabo volviendo. Cuando estoy aquí siento una paz que no puedo hallar en ningún otro lugar. La luz de la ventana cae con suavidad y languidece en el camino. Ni siquiera llega a rozar el suelo. Yo vuelo y sobrevuelo, deteniéndome en pequeñas cavidades y accidentes de la pared. Revoloteo sobre el suelo y canturreo para recordarle a mi madre que estoy aquí, que este es un nuevo día. Su ataúd me mira desde el centro de la cámara, un sarcófago de piedra gris, sin rostro ni expresión. A su alrededor un montón de objetos que llevan siglos acumulando polvo. La silla donde se sentaba, el escritorio donde escribía, el espejo donde se miraba, el peine con el que se peinaba, los libros que leía, la taza donde bebía café, sus broches para el pelo. Los cuadros que miraba y los tapices que tejió. Nadie tuvo el valor de quedarse con esas cosas así que las colocaron aquí para que la acompañaran para el resto de la eternidad. Me alegro, porque sería triste visitar una tumba totalmente vacía. Me gustan las formas fantasmales de estos objetos en la penumbra y escuchar como crujen, susurran, suspiran, envejecen y se degradan en el silencio de la cámara. La luz cabecea y se adormila, duerme el sueño de los justos.
Fue una mujer hermosa, mi madre. De mirada gris y sonrisa breve. Sola en su casa amplia y espaciosa. Sola en su burbuja de cristal invisible. Sumergida en su propio campo de gravedad, concentrada en sí misma, toda la energía contenida girando a su alrededor, sin dispersarse ni perderse, manifestándose de formas diversas, cuentos, cuadros, fantasía pura y dura tomando forma y estructura en su universo particular.
Con el paso de los años mamá cayó enferma y se volvió más callada y reflexiva. Había algo en su mirada gris que se volvió opaco, pero nadie lo sabe a ciencia cierta porque todos los testigos llevan siglos muertos. Capas y capas de opacidad fueron cayendo y debilitándola hasta casi hacerla transparente, sin que nadie pudiera hallar la razón de esta rara afección. Los vecinos ya casi no la veían cuando sacaba la silla al porche y se sentaba a mirar las nubes. Mamá parecía en suspenso, con la mirada perdida y la mano quieta, a veces fruncía el ceño (creo que cuando se sorprendía de seguir con vida).
Con el tiempo sus parálisis pasaron de repentinas a permanentes hasta que un día, ya prácticamente traslúcida, broté yo de su garganta estirando mis pequeñas alas sobre el cielo azul.
A ella la enterraron y yo fui lo único que quedé, pequeño e insignificante pero pletórico de vida cada mañana, de cada día, de este largo momento sin tiempo.  

miércoles, 23 de mayo de 2012

02. Lluvia


En la calle llueve y el viejo perro no quiere mear. La mira con ojos fijos y redondos sin mover un pelo, como si preguntara “¿qué pretendes que haga con toda esa lluvia?”
-¡Vamos, sal! -grita Diana.
Ronco siempre ha sido un perro aristocrático e inflexible, no soporta las incomodidades de la lluvia, de los viajes en coche, de las visitas al veterinario... y un largo etcétera. Cuando algo le molesta lo hace saber con la misma mirada inquisitorial, sin moverse lo más mínimo.
Diana se cruza de brazos y se apoya en la pared. Están cobijados bajo un portal en una calle perdida y silenciosa donde sólo se oye el silbido de la lluvia al caer sobre los adoquines. Diana cierra los ojos y Ronco decide sentarse en el suelo y mirar al horizonte, que es breve y limitado, no más que un muro deslucido de ladrillo rojo con restos medio arrancados de carteles y publicidad.
Diana suspira, quiere fumar pero no lo hará, ha prometido dejarlo.
No es que se lo haya prometido a Marcos porque ella no le promete nada a nadie, se lo ha propuesto así misma. Como siempre Marcos le insiste con su característica elocuencia insoportable sobre los males del tabaquismo hasta que ella le detiene en seco y le suelta eso de “¡puedo dejarlo cuando yo quiera!”. “Entonces ¿es que no quieres?” es lógico que se lo pregunte. Marcos funciona así, si A es igual a B y B es igual a C entonces A es igual a C. Si puede dejarlo cuando quiera y aún no lo ha dejado es que no quiere dejarlo, ¿es eso?
Sí, es eso. Hasta ahora no quería dejarlo porque no le importaba lo más mínimo. Ahora se lo ha propuesto no porque piense en tumores tumefactos creciendo en sus pulmones o en el dinero que se deja al mes, lo quiere dejar porque necesita saber que es capaz de desprenderse voluntariamente de algo que le produce un placer estúpido. Ella frente a su cerebro que se ha vuelto adicto al hábito, que se iluminaría lujuriosamente si le hicieran un encefalograma mientras fuma.
Cuando Diana abre los ojos Ronco ha cambiado de posición, ya no mira a la calle sino que se ha sentado frente a ella y mantiene sus redondos ojos fijos en los suyos, como si pretendiera taladrarla, censurarla, forzarla a regresar a casa. Ella suspira, se pone de cuclillas, a su altura, y lo mira con la misma determinación.
-Ronco, en la vida no siempre se puede tener lo que uno quiere. A veces hay que cagar en la más terrible de las intemperies.
Ronco no parece convencido.
-La inflexibilidad y la falta de adaptación es una de las principales causas de extinción de las especies, ¿lo sabías? Y tú tienes todas las papeletas, perro cabezón.
Diana acaricia a Ronco, éste se deja, pero sin venderse. Su precio es mucho más alto que unas sismples caricias.
-Vamos, sal ahí y haz lo que tengas que hacer...
Diana sabe perfectamente el precio que le exige Ronco y, harta de esperar, sale del portal y se deja mojar por la lluvia en mitad de la calle, odiando a su viejo y aristocrático perro. Sólo entonces Ronco avanza con renuencia, pisa el suelo mojado como si estuviera empapado de ácido sulfúrico y se situa al lado de su dueña.
-¿Ya estás contento? -le pregunta.
Ronco corre hacia el pequeño solar lleno de escombros, da un par de vueltas y hace caca bajo la lluvia. No se le ve muy feliz y sale pitando en cuanto termina. Diana recoje la mierda con una bolsa y avanza despacio de camino a casa, pensando en las ganas que tiene de fumar... pensando... más bien sufriendo, sintiendo el repentino vacío, el hambre, el frío... el cerebro empieza a quejarse a gritos pero no va a escucharle.
Fue anoche cuando decidió que iba a dejar de fumar, cuando se despertó de madrugada y descubrió que Marcos no estaba. Su lado de la cama estaba frío y arrugado y Diana no pudo seguir durmiendo hasta averiguar la razón. Se levantó maquinalmente a buscarlo y lo encontró sentado en el sillón del salón,sujetando una pequeña lámpara led con la que iluminaba un libro.
-Hola -dijo Diana.
Marcos dio un pequeño repullo y la miró.
-Hola -dijo Marcos.
-¿Qué haces?
-No puedo dormir y leo este libro sobre la evolución del derecho jurídico para remediarlo -dijo Marcos, levantando el mamotreto de libro que tenía sobre las rodillas-. Lo peor es que me está resultando interesante.
Diana se echó a reír. Se sentó en el brazo del sillón, se inclinó hacia Marcos y le acarició el cabello como un mono peina a otro mono en mitad de la selva.
-Puedo leer en voz alta.
-Vale.
Marcos comenzó a leer y Diana casi se duerme acunada por el runrún de su voz medio susurrada en la noche, enroscándose a su alrededor.
"¿Y si de pronto se fuera?" Preguntó alguien dentro de su cabeza. Y entonces Diana se despertó de golpe. Sintió una oleada de frío recorriéndole las entrañas mientras Marcos seguía con su impertérrita lectura. ¿Y si de pronto se acabara? Se miró los dedos hundidos en el pelo de Marcos e imaginó que no hubiera Marcos, sólo un gris vacío, una ausencia tan palpable que ocupase todo el espacio de un cuerpo humano. ¿Cómo iba a soportarlo?
-Tengo que dejar de fumar -murmuró, interrumpiendo a Marcos.
-¿Qué?
Diana no dijo nada más. Fue incapaz de volver dormirse en lo que quedaba de noche.

lunes, 21 de mayo de 2012

Inicio


Al principio le había resultado difícil no pensar en ello noche y día, la primera cosa que se decía al despertar era la misma que la última que se decía al acostarse: me muero; y absolutamente todo lo demás que ocurría en el medio se iba construyendo centrípetamente alrededor. En el núcleo central brillaba la palabra clave, pronunciada por su médico en un calculado tono impersonal, objetivo, meramente diagnóstico:
-Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Se había obligado así mismo a aceptarlo con la misma pretendida objetividad con la que se lo había anunciado el médico, evitándose el resto de las etapas de duelo. Al fin y al cabo él era un tipo intelectual, solía vanagloriarse de su capacidad de adaptación, su flexibilidad de pensamiento. Sentado en el sofá junto a Carmen, fingiendo que veía la televisión; mirándose al espejo mientras se cepillaba los dientes; en el desayuno, con el periódico delante, mientras sorbía el café; en las largas sesiones en el hospital: se había imaginado así mismo con el cáncer dentro del cuerpo. Había querido entenderlo como lo entendería su médico, desde fuera, y la primera impresión que surgió fue la de un parásito invasor; algo que, al fin y al cabo, no se alejaba demasiado de la realidad. Pero a medida que su vida entera y la de su familia se había puesto a girar en torno a esa pequeña masa de células venenosas se había convertido en otra cosa distinta; no sabía qué exactamente, pero constató una extraña sensación de intimidad.

Bajo la luz cruel y difusa del hipermercado su piel tiene un tinte grisáceo, o eso le parece. Una presión repentina en el pecho, que identifica como miedo. Lo hace con el mismo tono mental calculadamente impersonal, objetivo, meramente diagnóstico que su médico: Tiene usted miedo. Imagina que las luces del hipermercado iluminan su tumor canceroso, esa pequeña masa que se asomaba en el Tac a la altura de lo que debía ser su pulmón derecho.
-Conviene no atrasar demasiado el inicio de las sesiones. Hay una buena probabilidad.
Presuponía que aquel hombre de cejas impertérritas lo estaba haciendo a propósito. Hablar sin decir nada. Una forma de sugerir posibilidades, sin dar falsas esperanzas. Calculadamente no optimista, ni pesimista, sino justo en el medio. Eso le había gustado. Le hacía sentir que su médico lo veía como un hombre razonable, capaz de afrontar la realidad de la situación. Los demás no habían sido tan sutiles. Más bien, todo lo contrario. No pasa nada. Lo han cogido a tiempo. Esas cosas. Era comprensible. Les sonreía, incapaz de decir nada. ¿Qué iba a decir?

¿Carmen le había dicho de uva o de manzana? No lograba recordar cuál. Se para delante de la estantería, tratando de estudiar qué imagen corporativa le suena más. Hay docenas de zumos distintos: de melocotón y uva, de manzana, de frutas exóticas, de variedad de cítricos, de zanahoria y tomate, de frutas rojas, sin azúcar añadido, con cereales, enriquecido con vitaminas y calcio, antioxidante, energizante, relajante.
¿Cuándo se había vuelto tan complicado beber zumo?

Por la mañana le había acusado de haber decidido morir sin pensar en lo que iban a sufrir cuando se quedaran solos. Una viuda de treinta y seis, un niño de tres, tantísimas cosas para ella sola. Muy egoísta de tu parte. Te necesitamos, le dijo. Yo sola no puedo. Todo eso le dijo, con los ojos muy brillantes, pero sin romper a llorar; una cadencia serena en la voz que dejaba entrever cierto distanciamiento emocional pese a lo intenso del mensaje. Le encantaba cuando Carmen empleaba con él su tono diplomático profesional, de sus tiempos en el gabinete de sicología. Especialmente si se trataba de argumentar por qué no era apropiado tener relaciones sexuales en ese momento. Abordarla en el cuarto de la plancha, cogerla de las muñecas; oírla protestar con ese tono pretendidamente frío, pero que no lo era del todo, verla luchar por no sonreír: Tu hijo se despertará de la siesta en cualquier momento. Aún tengo que preparar la cena.
Era dolorosamente consciente de la crueldad de hacerla viuda, y si algo se le hacía particularmente cuesta arriba en todo esto era pensar en ella durmiendo en una cama semivacía, sin él. Sin poder abrazarse a su espalda por las noches; no tener una mano que estrechar distraídamente, en un acto reflejo, mientras paseaba por el parque al niño, hacía la compra de la semana, veía la tele. Dejarla sola, ella no se lo merecía. Le dio toda la razón, la que podía darle y la que no; se abrazaron, prometió poner de su parte. Le sonrió con la serenidad de un santo, como correspondía a un moribundo que trata de demostrarle a su mujer que no hay de qué preocuparse, las estadísticas están para romperlas, o no dicen eso siempre. 
Acto seguido, se ofreció a hacer la compra. Porque desde que sabían que se moría a ella parecía encantarle ver que hacía cosas normales y aburridas, propias de una persona a la que no le han calculado el tiempo que le resta de vida. Como hacer la compra, arreglar el enchufe del salón, comprar un TDT nuevo con disco duro incorporado y conexión USB. A él no le costaba nada hacerla feliz.

El cáncer es en el fondo una gran oportunidad, piensa. Una oportunidad fantástica para empezar la muerte con buen pie. Prepararse y esas cosas. En el fondo era un hombre afortunado, quería verlo así. También quería que ella entendiese esto pero no había sido lo suficientemente fuerte para decírselo. Le había besado en la frente: Todo va a salir bien, le dijo. Ya lo verás. Y también quería creerlo, a pesar del miedo.

lunes, 23 de abril de 2012

Yo me sobrevuelo

Hay dos clases de miedos: el normal y el del alma, ese del que habla Castaneda en sus libros. Del primero normalmente se huye corriendo, lanzando gritos, al otro se lo observa llegar clavada en el suelo con los ojos muy abiertos, mientras suena de fondo Bonzo's Montreux y esperas a que el monstruo te abrace con sus terribles garras y te trague sin masticar. Después es lo de la catarsis en el estómago tibio y oscuro durante un par de semanas (bueno, parecen semanas); y la cosa termina cuando te cagan siendo otra persona. Diferente. Te duchas y piensas, qué diablos, ha merecido la pena el susto. Ahora sé muchas cosas más, por ejemplo, que puedo sobrevivir; lo cual antes no lo sabía, o al menos, tenía mis dudas al respecto.

viernes, 13 de abril de 2012

Inicio


Esto forma parte de un proyecto a muy long, long term, para aquell@s zoquetes que, como yo, nunca tienen ideas para ponerse a escribir. Se ofrece una tabla con 30 palabras y el reto es escribir una microhistoria de una carilla del Openoffice con la excusa de adornar esa palabra con otras para crear "algo". 

***
Inicio

-¿Te crees que no tengo sentimientos, es eso?
Pregunta Marcos, y acto seguido le pega un bocado a su doble hamburguesa con queso. Mastica en silencio esperando -sin prisas- una respuesta. Su mirada es insondable, lejana, vacía, igual que mirar a un espejo que devuelve la imagen y no deja penetrar dentro.
Con sus pequeños ojos fijos y esa calma imperecedera Marcos es como una plácida vaca rumiando hierba.
Es lo que piensa Diana.
Pues sí, cree que no tiene sentimientos. Algunos tiene, claro, los básicos, pero estamos hablando de sentimientos complejos, sofisticados. Él nunca ha sido sofisticado. A veces puede ver en él algunos atisbos emocionales que le recuerdan a un rumiante, o a un cánido, o a un roedor, dependiendo de la ocasión de que se trate, y normalmente está bien, ya que ella adora a los animales.
-Yo no he dicho eso -contesta Diana.
Le pega un bocado a su hamburguesa y echa una ojeada a la calle. Llueve.
-Pero lo crees aunque no lo hayas dicho en voz alta.
La mirada espejo de Marcos se transforma en una mirada ventana por primera vez en mucho tiempo, se puede ver algo de lo que hay dentro. Diana cree atisbar cierto temblor en el aire que rodea sus hombros. Quiere creer que es vunerabilidad, le gustaría que lo fuera. Lo observa un tanto sorprendida.
-Creo que tienes los sentimientos elementales que todo humano debe traer por defecto para considerarse como tal.
Marco frunce el ceño, irritado.
-Siempre te has creído mejor que yo.
-Sólo más sensible -responde Diana.
Ella deja de comer su hamburguesa, apoya el codo en la mesa y la barbilla en la mano y contempla a Marcos con una sonrisa maternal.
-Yo soy tu Espantapájaros sin cerebro y tú mi Hombre de Hojalata sin corazón... la fusión perfecta  -se ríe.
-Tengo más sentimientos de los que crees.
-¿Te das cuenta de que no paras de aludir a las dichosas creencias? “creo que... “crees que...” ¿No ves que no puedes escapar de ese marco de referencia que es tu mente?
Marcos se queda callado, reflexionando en la verdad de aquellas palabras...
-Y ahora intentas encajar lo que he dicho en tus cajoncitos de pensamiento racional... -rezonga Diana, con cierta sorna.
-No desprecio a la mente -se defendió Marcos.
-¿Y por qué habrías de despreciarla?
-Tampoco desprecio los sentimientos.
-¿Y qué es lo que desprecias, si se puede saber? -pregunta Diana inclinándose, acercándose un poco más.
-Las minudencias. Como estas miguitas que han caído en la mesa y en las que nadie reparará.
Acto seguido, Marcos limpia con la mano la superficie de la mesa y ambos ven caer un par de migajas de pan hacia el suelo.
-Me dan un poco de pena ¿sabes? Esas minudencias de inicio y final, que se acumulan en las esquinas, que alguien barre, que acaban en el vertedero... sin pena ni gloria. Nadie las recordará. Y decido despreciarlas para no conmoverme por ellas, porque eso duele.
Ella guarda silencio, reflexionando.
-¡Pero qué trágico te pones!
-Ya te lo he dicho -murmura Marcos dando otro bocado a su hamburguesa con su clásico gesto de hombre rumiante- tengo más sentimientos de los que crees.

lunes, 9 de abril de 2012

Los deseos del alma

Había llegado a la margen de un gran río. Bajé corriendo hasta la orilla lanzando carcajadas al aire. Me mojé la cara, el cuello; bebí a grandes sorbos el agua como haría un animal, con ese abandono y esa felicidad de no ser humano. Cuando me hube saciado y me sentía por fin tranquilo me arrodillé en las aguas. Tan solo aquel que alguna vez quedó a salvo tras temer por su vida, puede hacerse idea del alivio que experimentaba yo entonces.
El cielo tenía ese color azul verdoso inconfundible, cuando la oscuridad empieza su lento asedio a la tarde. Me quedé allí, de rodillas, contemplando los últimos rayos de sol derramándose en el bajo horizonte como la sangre de una herida leve, que se cierra con prontitud. Luego, cayó la noche: todo azul, y plata. Tras de mi, en las lindes del bosque, sentí el despertar de una multitud de criaturas con una efervescencia creciente de latidos de corazones diminutos, mucho más veloces que el mío.
Entonces ella apareció, emergiendo de las sombras de la otra orilla. Montaba en un rinoceronte de un azul lustroso; un antifaz pintado en la cara y una sonrisa leve en los labios como únicas vestiduras. Me pregunté, invadido de asombro, si se trataría de un fantasma, un demonio, o un ángel. Fuera lo que fuera en su mirada había curiosidad, y la curiosidad nunca puede ser hostil, ¿no es cierto? Me levanté pues, y me encaminé hacia ella lentamente, dándole la oportunidad de marcharse, si quería, o de mostrarse reacia a mi avance. Mas no hizo ninguna de las dos cosas, sino que bajó del rinoceronte y se acercó a la orilla del río, que a pesar de ser ancho no era demasiado profundo en este recodo, por lo que no me costó demasiado salvarlo a nado. Al fin llegué al otro lado, y la contemplé de cerca. Ella sonrió, invitándome a acercarme más. Tenía un cuerpo de huesos largos y carnes tiernas, como una Venus mediterránea. Los ojos no eran demasiado grandes, pero muy vivarachos, la boca de labios generosos, por lo que parecía acostumbrados a sonreír. Avancé hasta que estuvimos frente a frente. Me llegó entonces su intenso olor, y el deseo repentino que despertó me hizo detenerme, turbado. Por la manera en la que me observaba tuve la impresión de parecerle una ardilla muy graciosa. Viendo que no me movía, fue ella la que salvó la corta distancia que nos separaba. Adelantó una de sus manos, y despacio, como para no espantarme, me rozó la mejilla. Rió un poco. La bestia se acercó también, colocándose unos pasos por detrás de su extraña jinete; asomó tímidamente la cabeza desde detrás de su espalda y hociqueó el aire, como si también ella estuviese analizando mi olor para determinar qué clase de persona era. A juzgar por sus reacciones, a ninguno de los dos les parecí una amenaza. Les sonreí, aún confuso. Ella respondió tomando mi mano, que apretó dulcemente entre las suyas.
-¿Quién eres? -pregunté.
-No estoy segura -dijo ella. Quedé muy extrañado, tanto por su respuesta como porque fue dada en mi propio idioma-. Me has dado el nombre de Rim Lajaneff. Princesa, Rim Lajaneff.
-¿Quién...? ¿Te he dado...? ¿Yo? -Se refería a que yo había pensado ese nombre para ella justo ahora, adiviné. Lo cual para sorpresa mía era cierto; aunque dicho nombre, si es que era un nombre y no un revoltijo sin sentido de letras como me pareció, carecía de sentido para mi-. ¿Qué significa?
Ella rió.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Es el nombre que me has puesto tú.
Estupefacto la miré a los ojos, esperando más respuestas, pero ella no añadió nada.
-¿Dónde estamos?
Echó un vistazo rápido a nuestro alrededor, se alzó de hombros.
-Parece un bosque.
-Pero, ¿no eres de aquí?
-Conozco este lugar, y todos los lugares; pero acabo de llegar a este en concreto. Como tú.
-Yo... acabo de llegar, sí... ¡Estuve perdido! -recordé de pronto-. No sé durante cuánto tiempo. Caminé... -me di la vuelta para mirar la linde del bosque por el que había aparecido un rato antes-. Pensé que no encontraría la salida, que moriría allí.
-Las ardillas siempre encontráis qué comer y beber en el bosque.
Me quedé estupefacto, sin saber qué responder. ¿Cómo sabía lo de la ardilla? ¿Realmente podía leer mis pensamientos? ¿...O era yo el que leía los suyos?
-¿Cuánto tiempo...?
-¿Llevas perdido? No lo sé. Puede que haga dos días, cuatro meses, o muchos años. Los detalles no son importantes.
-¿Pero tú lo sabías, sabías que estaría aquí?
-Sí.
-¿Cómo? ¡No entiendo!
-¿Qué quieres entender?
-¡No lo sé! ¡Esto! ¡Todo!
-Nadie puede entenderlo todo -rió ella-. Sólo los dioses.
Sacudí la cabeza. Aquello era una verdadera locura. Me sentía cada vez más perdido y asustado, sintiendo que me estaba acercando a algo... algo parecido a una respuesta. Pero no a cualquier respuesta, sino a la Gran Respuesta, a la Respuesta Detrás de Todas las Preguntas.
-¡Esto no tiene ni pies ni cabeza! Debe ser un sueño, o una alucinación... Ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí, dónde he estado todo este tiempo, qué ha sido de mi... No recuerdo nada más, excepto llegar a este sitio y encontrarte.
Ella me miró, guardando silencio. Me pareció que suspiraba, y que sus ojos se llenaban de ternura. Tuve un repentino deseo de besarla; o más bien, de dejarme besar por ella. La princesa apretó de nuevo mi mano entre las suyas, luego alzó una de ellas y con suma delicadeza me acarició la mejilla.
-Te conozco tan bien...
Y así era. Supe que era verdad lo que decía sin espacio alguno para albergar la más mínima duda, por descabellado que fuera: ella me conocía, y yo... a ella. Nos conocíamos muy bien; nos conocíamos tan bien, tan íntimamente, que la única explicación plausible es que nuestras almas debieron estar unidas alguna vez. Por eso me invadía tal regocijo por haberla encontrado de nuevo; pero había además este dolor terrible, desgarrador, dentro de mi, por hacerlo en dos cuerpos separados.
-¿Pero... cómo, por qué?
-¿Por qué, qué?
-¡Por qué está pasando esto!
Ella se alzó de hombros otra vez.
-Porque sí.
-¿Qué has venido a hacer aquí?
-He venido a buscarte.
-¿Y yo?
-Tú me buscabas a mi.
-¿Pero, por qué?
Ella se rió.
-Qué tonto eres -dijo, dándome un suave empujón-. La querencia, ¡nos conduce al río!
Seguía sin entender nada, pero estando a punto de entenderlo Todo, y esto era un sufrimiento indecible para mi. Ella lo sabía, y me apretaba con más fuerza la mano. No sé si tenía las respuestas a mis dudas o sabía tan poco como yo; sea como fuere parecía aceptar la situación con buen ánimo, incluso con alegría. No vi en sus ojos rastro alguno de dolor ante los grandes misterios de la vida, sino esa curiosidad casi infantil de la que hablé al principio. Cerré los ojos, mientras la escuchaba reír. Ella tironeó de mi mano suavemente, exigiéndome que la mirara. Le di el gusto; le hubiera dado todo lo que me pidiera. Su presencia me reconfortaba inmensamente y lo demás, decidí, me daba igual. Supe entonces que estaba soñando con la misma certeza que se saben las cosas en sueños, y que se añora tanto al despertar. Mas tengo la impresión que este sueño no era un sueño cualquiera, sino un viaje metafísico que me condujera a un mundo más allá del mundo, donde podía verlo y sentirlo todo tal y como era, de verdad. Aquí, en este extraño lugar, oscuro, perturbador, prístino; yo me conocía mucho más profundamente que despierto, y ella era
-No somos nadie -respondió riendo-. Pero estamos juntos.
Y me abrazó.


domingo, 25 de marzo de 2012

Cuestión de escala


Sus zapatos nuevos reflejaban débilmente la luz de la luna. El agua de la orilla los había salpicado y y se le habían pegado algunos granos de arena entre las costuras y bordes de la suela.
Yació sobre la arena, bocabajo, manos bajo la barbilla y codos extendidos, observando los zapatos ante sí el tiempo suficiente para que dejaran de ser zapatos. El objeto se liberó de la idea y empezó a convertirse en otra cosa. Curvas sinuosas, capas, piel, costuras, relieves. Piezas intrigantes de un rompecabezas, volúmenes que cobraban vida en el espacio, reflejando sutilmente la fría luz de la luna, posados sobre la arena, mecidos en su lecho sinuoso e incierto de partículas minúsculas.
Un pequeño cúmulo de granos se derramó empujado por el movimiento de las patas de un escarabajo. Arriba y abajo el escarabajo atravesaba dunas de arena, cruzando el desierto nocturno y húmedo de la playa. Se preguntó dónde iría. Pequeño viajero de caparazón reluciente. Pronto desapareció, engullido por la oscuridad de la noche.
Este era un extraño mundo de enigmas, de polvo de roca, de sal y de agua. Un umbral hacia algún lugar que empezaba a tomar forma desde una aparente confusión. Los zapatos que ya no eran zapatos parecían querer hablar.
Se sentía como un gigante que se tumba sobre la arena y deja de ser lo que es para simplemente observar, fusionándose con lo que le rodea, tomando consciencia de cada mota de arena, del surco que deja un escarabajo al pasar, de las salpicaduras de océano evaporándose sobre la superficie brillante de un zapato, de la forma en que las uñas brotan de los dedos y del bello e hipnótico geometrismo de líneas y planos que surcan la piel humana en apretada cuadrícula.
Todo eso lo veía ahora dándose cuenta de que no lo había visto antes, y se preguntó cuántas escalas existen en los mapas, y qué clase de mundo contemplará un escarabajo negro azabache.
Se levantó, se sacudió la ropa, se colocó los zapatos. Caminó por la arena que se hundía y crujía ligeramente bajo sus pies. En el paseo marítimo había mucha gente. Los miró. Había algo tan insulso en una única escala para leer los mapas...
-He entendido algo muy importante -dijo al llegar a casa-. Que en verdad lo de “hacer una montaña de un grano de arena” puede suceder literalmente, si eres lo bastante pequeño. 



viernes, 23 de marzo de 2012

Plegaria 511

Gran Madre, protégeme de los peligros.
Protégeme de los asesinos, protégeme de los ladrones.
Protégeme de los que me odian, de los que me quieren el mal.
Protégeme de los martillos, de los venenos, de los cuchillos, de la enfermedad.
Protégeme del fuego, de los terremotos, de las olas gigantes del mar.
De las tormentas de arena, de los bichos, de los agujeros negros, de los meteoritos.
De la muerte.
Gran Madre, protégeme de mi.