lunes, 15 de octubre de 2012

La tumba sin tiempo

Nací hace siglos de la garganta de una mujer. Soy un pequeño gorrión. A veces estas cosas pasan (que un gorrión brote de la garganta de alguien) no me preguntéis por qué pero pasan. Leed libros. Las historias están ahí. El destino, digo yo.
Vivo en la cámara funeraria que contiene el cuerpo de mi madre. Puedo entrar y salir cuando me plazca por una pequeña ventana circular tallada en la pared y darme un garbeo por el bosque y la villa, los caminos y la ciudad... pero siempre acabo volviendo aquí, a ver si algún día ella despierta y me echa en falta.
En la cámara la máxima luz que se alcanza es la penumbra, el resto es oscuridad. Este lugar es sólo momento sin tiempo, una tumba sombría donde los días y las noches son prácticamente iguales. Pero siempre acabo volviendo. Cuando estoy aquí siento una paz que no puedo hallar en ningún otro lugar. La luz de la ventana cae con suavidad y languidece en el camino. Ni siquiera llega a rozar el suelo. Yo vuelo y sobrevuelo, deteniéndome en pequeñas cavidades y accidentes de la pared. Revoloteo sobre el suelo y canturreo para recordarle a mi madre que estoy aquí, que este es un nuevo día. Su ataúd me mira desde el centro de la cámara, un sarcófago de piedra gris, sin rostro ni expresión. A su alrededor un montón de objetos que llevan siglos acumulando polvo. La silla donde se sentaba, el escritorio donde escribía, el espejo donde se miraba, el peine con el que se peinaba, los libros que leía, la taza donde bebía café, sus broches para el pelo. Los cuadros que miraba y los tapices que tejió. Nadie tuvo el valor de quedarse con esas cosas así que las colocaron aquí para que la acompañaran para el resto de la eternidad. Me alegro, porque sería triste visitar una tumba totalmente vacía. Me gustan las formas fantasmales de estos objetos en la penumbra y escuchar como crujen, susurran, suspiran, envejecen y se degradan en el silencio de la cámara. La luz cabecea y se adormila, duerme el sueño de los justos.
Fue una mujer hermosa, mi madre. De mirada gris y sonrisa breve. Sola en su casa amplia y espaciosa. Sola en su burbuja de cristal invisible. Sumergida en su propio campo de gravedad, concentrada en sí misma, toda la energía contenida girando a su alrededor, sin dispersarse ni perderse, manifestándose de formas diversas, cuentos, cuadros, fantasía pura y dura tomando forma y estructura en su universo particular.
Con el paso de los años mamá cayó enferma y se volvió más callada y reflexiva. Había algo en su mirada gris que se volvió opaco, pero nadie lo sabe a ciencia cierta porque todos los testigos llevan siglos muertos. Capas y capas de opacidad fueron cayendo y debilitándola hasta casi hacerla transparente, sin que nadie pudiera hallar la razón de esta rara afección. Los vecinos ya casi no la veían cuando sacaba la silla al porche y se sentaba a mirar las nubes. Mamá parecía en suspenso, con la mirada perdida y la mano quieta, a veces fruncía el ceño (creo que cuando se sorprendía de seguir con vida).
Con el tiempo sus parálisis pasaron de repentinas a permanentes hasta que un día, ya prácticamente traslúcida, broté yo de su garganta estirando mis pequeñas alas sobre el cielo azul.
A ella la enterraron y yo fui lo único que quedé, pequeño e insignificante pero pletórico de vida cada mañana, de cada día, de este largo momento sin tiempo.