Es un lunes de Marzo primaveral y luminoso y los chavales del instituto aprovechan para calentarse al sol. Felipe es uno de ellos, aunque más bien parezca de otro mundo. Es un adolescente delgaducho, pálido, de pelo perennemente revuelto por mucho que lo peine por las mañanas antes de salir de casa. Siempre ha sido un niño enérgico, nervioso y bastante cabezota, pero su nivel de agitación ha venido a exacerbarse con su cada vez más turbulento impulso sexual, lo que se evidencia en su ceño fruncido y sus labios ligeramente tensos, expresión que parece haberse congelado en la cara con el aumento de la testosterona. En realidad no cuenta más de quince años, aunque aparenta quizá unos diecisiete desde que el verano pasado las piernas se le estiraron 10 cm. de golpe y toda la grasa infantil de las mejillas se le secó de pronto, y con ella, la ingenuidad.
Felipe no sabría decir si ha sido un niño feliz o no, su opinión varía dependiendo de cómo se levante. Sabe que vivir dentro de su estrambótica familia no es fácil, ¿pero por otro lado, en cuál lo es? Su madre Marcela, alto cargo sindical en la fábrica de papel del pueblo, ya era todo un personaje mucho antes de que él viniese al mundo. Tachada de problemática desde sus protestas estudiantiles en el instituto, con una ligera tendencia a decir las cosas gritando que pone a todo el pueblo a la defensiva, volvió, tras licenciarse Honoris Causa, con una barriga y colgada del brazo de un guiri de gran ciudad, 6 cm. más bajito que ella, agricultor ecológico de día y poeta por las noches, del que nadie ha aprendido a pronunciar su nombre con exactitud después de 16 años de convivencia. Con estos precedentes sabe que cualquiera estaría predispuesto a odiarle incluso antes de terminar de gestarse en la barriga de su madre.
Después de ser parido las previsiones se cumplieron: Felipe nunca ha sido el rey de la fiesta precisamente. Por una razón u otra, ya fuera por las estrafalarias blusas étnicas que llevaba al colegio o porque con 5 años ya sabía saludar en cinco idiomas, la gente no terminaba de encajarlo en ningún sitio (y menos a su lado). El hecho de pedir voluntariamente el puesto de portero en los recreos le había asegurado, al menos, una década de tolerancia en el colegio. Pero su nueva altura a la que aún no ha terminado de adaptarse ha hecho que su tiempo de reacción se triplique, le ha vuelto lento, torpe y en definitiva, un peligro en cualquier portería. Y c'est fini. En lo que lleva de curso se ha metido en cinco peleas y a saber las que le quedan por disputar, porque si algo le sobra a Felipe (y en general a todos los adolescentes del mundo) es ganas de probarse cual ciervos berreantes.
Con las chicas Felipe lo lleva aún peor, y eso que durante todos estos años han sido mucho más comprensivas con su carácter exótico. Pero ahora que cada vez que una se le acerca siente el impulso de empujarla contra la pared y restregarse contra ella como un perrillo jadeante, se ve obligado a rehuirlas como si fueran el mismísimo diablo.
Quizá para compensar la falta de contacto con humanos Felipe se ha visto obligado a apoyarse en otra clase de criaturas, tales como insectos, pájaros y pequeños reptiles que su padre tiene la costumbre de criar en el jardín o en el sótano. Su gran capacidad de observación y sus dotes lingüísticas han hecho que Felipe acabe comprendiendo sus diferentes idiosincrasias, de tal modo que a pesar de las diferencias en la escala evolutiva los bichos se sienten cómodos a su lado y él al lado de los bichos. Incluso considerándose así mismo como una criatura superior, Felipe envidia sus vidas sencillas y puras, pues nunca van en contradicción con sus naturalezas. Algo envidiable ahora que desearía llevar la bandera roja izada todo el tiempo. Ellos, sencillos y puros como son, no acaban de entender por qué Felipe y por ende el resto de sus congéneres humanos, se complican tanto la vida con lo fácil que es olerse el culo.