-Seguro que además sacaba todo sobresaliente en el cole, ¿verdad? Pero usted es humana, no me creo que no haya algo, alguna cosilla, por tonta que sea, que no haga mal... -La mira con la media sonrisa que debe poner al hablar a su sobrina de siete años, imagina ella. No está segura de que eso le guste, aunque tampoco le disgusta.
-Soy un desastre en la cama, si le interesa saberlo.
Él parece contener el aliento algo más que un par de segundos, hasta que, con una risotada, rompe el repentino silencio caído entre los dos.
-No se ofenda por mi escepticismo, pero necesitaría pruebas antes de creer tal afirmación.
-Sin embargo, se ha creído lo del concurso literario sin que le enseñe el trofeo de mi estantería.
-Eso es porque escuchándola hablar intuyo que posee un considerable vocabulario además de una capacidad natural para construir frases con cierta gracia; lo que sin duda un tribunal literario habrá sabido apreciar. Me es fácil creerla en esto. Vea que hay cosas que merecen ser investigadas a fondo, con otras basta un poco de fe.
-¿Y en qué se basa para discernir entre uno u otro extremo?
-Voy improvisando.
-Eso es muy poco científico.
-Me sorprende que lo diga. ¿Acaso no cree en el poder de la intuición, usted que es mujer sensible y debe tener mucho de eso?
-Usted es un hombre, si mi intuición no me falla.
-¿A dónde pretende llegar?
-Pues que, independientemente que crea o no en el poder de mi intuición, dada la gran cantidad e infalibilidad de ésta, usted es un hombre y por tanto no tiene intuición femenina que le guíe. Ni siquiera creo que confíe verdaderamente, como científico que se vanagloria de ser, en algo de lo que no tiene pruebas de su existencia.
-¡Vanagloriarme! -ríe-. Entonces, ¿no cree que pueda tener intuición masculina?
-¿Tal cosa existe? Nunca lo leí en los libros, ni siquiera en los de la nueva espiritualidad occidental, o como quiera llamarlos.
-¿Le gusta a usted esa clase de literatura?
-En principio, no desdeño nada de antemano; por muy malo o ridículo que parezca. Se sorprendería de lo que puede aprenderse fuera de la doctrina comúnmente aceptada. Y deje de hacerme preguntas, no se crea que no me doy cuenta de lo que está haciendo.
Él la mira, con cierto asombro.
-¿Estoy haciendo algo?
-Claro que sí. Está haciéndome hablar demasiado, no sé bien si para burlarse de mi o para sonsacar información.
-¿Eso cree? Pero ya ve qué clase de preguntas le hago, ¿acaso piensa que de ellas puedo obtener información realmente valiosa?
-No me refiero al contenido de las preguntas, sino a la intención que hay detrás de formularlas, para analizar mi modo de responder. Usted ha asumido el rol del cuestionador y me ha obligado a mi, con sus dotes persuasivas, a asumir el papel de cuestionada, mientras se oculta y no dice nada de sí mismo.
-¡Bendito sea, está usted muy a la defensiva! -dice riéndose muy divertido-. Le confieso que no creí tener la intención de diseccionarla con tales subterfugios, aunque ahora que lo dice, puede que inconscientemente haya sentido el deseo de hacerlo, pues estoy disfrutando de lo lindo escuchándola. La admiro más ahora, si cabe. Creo que pocas veces me han desenmascarado psicológicamente tan sutilmente como usted acaba de hacer. Dígame, ¿cambia esto su opinión de mi? ¿Qué conclusiones saca de ello, le ha ayudado a comprender mejor mis debilidades? Confío en que así se equilibran las cosas entre nosotros y no se siente usted en desventaja conmigo.
-Empecé a comprenderle hace rato.
-¿Y qué le parezco...? Veo que no responde. Deduzco entonces que nada bueno.
-¿Se da cuenta? Sigue haciéndome preguntas.
Él vuelve a reír, con una sonora carcajada.
-Me acusa de haber adoptado el rol de cuestionador, pero no se da cuenta que usted misma rehúsa asumir tal papel, y no me hace demasiadas preguntas. A lo mejor es que no le interesa saber mucho de su interlocutor, y no la culpo, pues yo no soy nada atractivo. Dicho lo cual, le doy la respuesta a lo que no me ha preguntado, y le informo que usted me parece genuinamente interesante.
-Me sobrestima, desde luego.
-¿Por qué lo dice...? Oh, discúlpeme: le estoy haciendo otra pregunta. Parece ser innato en mi, lo siento. ¿Sabe que nunca me había dado cuenta de ello hasta ahora? ¡Otra pregunta! -Ella se sonroja un poco-. En fin, como le decía, me parece fascinante, al margen de su propia opinión. Afortunadamente me parezco a usted, y prefiero juzgar por mi mismo sin dejarme influir por lo que digan otros.
-Así que lo confirma: estoy sometida a juicio.
-¿No lo estamos todos, contínuamente?
Lo piensa un segundo, antes de responder.
-Sí. Tiene razón.
Ella cree ver aparecer un brillo especial en sus pupilas cuando la mira, como dos cerillas que repentinamente se hubieran encendido.
-Resulta satisfactorio de un modo intelectual y cuasi erótico escucharla darme la razón, si me permite que se lo diga.
-Se contenta usted con muy poco, entonces -responde ella, sin poder evitar una media sonrisa. Él suspira, desvía la vista a nada en concreto. Vuelve entonces a mirarla.
-Al contrario... oh, al contrario.