viernes, 30 de diciembre de 2011

Falta de prejuicios

-Seguro que además sacaba todo sobresaliente en el cole, ¿verdad? Pero usted es humana, no me creo que no haya algo, alguna cosilla, por tonta que sea, que no haga mal... -La mira con la media sonrisa que debe poner al hablar a su sobrina de siete años, imagina ella. No está segura de que eso le guste, aunque tampoco le disgusta.
-Soy un desastre en la cama, si le interesa saberlo.
Él parece contener el aliento algo más que un par de segundos, hasta que, con una risotada, rompe el repentino silencio caído entre los dos.
-No se ofenda por mi escepticismo, pero necesitaría pruebas antes de creer tal afirmación.
-Sin embargo, se ha creído lo del concurso literario sin que le enseñe el trofeo de mi estantería.
-Eso es porque escuchándola hablar intuyo que posee un considerable vocabulario además de una capacidad natural para construir frases con cierta gracia; lo que sin duda un tribunal literario habrá sabido apreciar. Me es fácil creerla en esto. Vea que hay cosas que merecen ser investigadas a fondo, con otras basta un poco de fe.
-¿Y en qué se basa para discernir entre uno u otro extremo?
-Voy improvisando.
-Eso es muy poco científico.
-Me sorprende que lo diga. ¿Acaso no cree en el poder de la intuición, usted que es mujer sensible y debe tener mucho de eso?
-Usted es un hombre, si mi intuición no me falla.
-¿A dónde pretende llegar?
-Pues que, independientemente que crea o no en el poder de mi intuición, dada la gran cantidad e infalibilidad de ésta, usted es un hombre y por tanto no tiene intuición femenina que le guíe. Ni siquiera creo que confíe verdaderamente, como científico que se vanagloria de ser, en algo de lo que no tiene pruebas de su existencia.
-¡Vanagloriarme! -ríe-. Entonces, ¿no cree que pueda tener intuición masculina?
-¿Tal cosa existe? Nunca lo leí en los libros, ni siquiera en los de la nueva espiritualidad occidental, o como quiera llamarlos.
-¿Le gusta a usted esa clase de literatura?
-En principio, no desdeño nada de antemano; por muy malo o ridículo que parezca. Se sorprendería de lo que puede aprenderse fuera de la doctrina comúnmente aceptada. Y deje de hacerme preguntas, no se crea que no me doy cuenta de lo que está haciendo.
Él la mira, con cierto asombro.
-¿Estoy haciendo algo?
-Claro que sí. Está haciéndome hablar demasiado, no sé bien si para burlarse de mi o para sonsacar información.
-¿Eso cree? Pero ya ve qué clase de preguntas le hago, ¿acaso piensa que de ellas puedo obtener información realmente valiosa?
-No me refiero al contenido de las preguntas, sino a la intención que hay detrás de formularlas, para analizar mi modo de responder. Usted ha asumido el rol del cuestionador y me ha obligado a mi, con sus dotes persuasivas, a asumir el papel de cuestionada, mientras se oculta y no dice nada de sí mismo.
-¡Bendito sea, está usted muy a la defensiva! -dice riéndose muy divertido-. Le confieso que no creí tener la intención de diseccionarla con tales subterfugios, aunque ahora que lo dice, puede que inconscientemente haya sentido el deseo de hacerlo, pues estoy disfrutando de lo lindo escuchándola. La admiro más ahora, si cabe. Creo que pocas veces me han desenmascarado psicológicamente tan sutilmente como usted acaba de hacer. Dígame, ¿cambia esto su opinión de mi? ¿Qué conclusiones saca de ello, le ha ayudado a comprender mejor mis debilidades? Confío en que así se equilibran las cosas entre nosotros y no se siente usted en desventaja conmigo.
-Empecé a comprenderle hace rato.
-¿Y qué le parezco...? Veo que no responde. Deduzco entonces que nada bueno.
-¿Se da cuenta? Sigue haciéndome preguntas.
Él vuelve a  reír, con una sonora carcajada.
-Me acusa de haber adoptado el rol de cuestionador, pero no se da cuenta que usted misma rehúsa asumir tal papel, y no me hace demasiadas preguntas. A lo mejor es que no le interesa saber mucho de su interlocutor, y no la culpo, pues yo no soy nada atractivo. Dicho lo cual, le doy la respuesta a lo que no me ha preguntado, y le informo que usted me parece genuinamente interesante.
-Me sobrestima, desde luego.
-¿Por qué lo dice...? Oh, discúlpeme: le estoy haciendo otra pregunta. Parece ser innato en mi, lo siento. ¿Sabe que nunca me había dado cuenta de ello hasta ahora? ¡Otra pregunta! -Ella se sonroja un poco-. En fin, como le decía, me parece fascinante, al margen de su propia opinión. Afortunadamente me parezco a usted, y prefiero juzgar por mi mismo sin dejarme influir por lo que digan otros.
-Así que lo confirma: estoy sometida a juicio.
-¿No lo estamos todos, contínuamente?
Lo piensa un segundo, antes de responder.
-Sí. Tiene razón.
Ella cree ver aparecer un brillo especial en sus pupilas cuando la mira, como dos cerillas que repentinamente se hubieran encendido.
-Resulta satisfactorio de un modo intelectual y cuasi erótico escucharla darme la razón, si me permite que se lo diga.
-Se contenta usted con muy poco, entonces -responde ella, sin poder evitar una media sonrisa. Él suspira, desvía la vista a nada en concreto. Vuelve entonces a mirarla.
-Al contrario... oh, al contrario.

El viejo pintor

Al abrir el álbum de fotos me veo a mi mismo hace cinco años: estoy gordo, al menos, si me comparo con el reflejo actual del espejo. El pelo medio largo, descuidado como siempre; ciertas cosas no han cambiado, menos mal. Un cigarrillo entre los dedos, el jersey a rayas con manchas de pintura en las mangas... Sobretodo, aquella sonrisa socarrona colgada de los labios, la que ponía yo antes, cuando me creía capaz de cualquier fechoría.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El corazón esteta

Busca la belleza contenida en todo momento y situación, sea esta la que sea. El dolor, la vulgaridad o la miseria no le desalientan de esta tarea, aunque el sobre esfuerzo que le exigen a menudo le conduce a la fatiga sentimental: esto y no otra cosa es lo que les da ese aspecto perpetuamente nostálgico tan característico, como de poeta triste.

Acudir, o no, a la cita

Se ama y se odia a sí mismo con igual intensidad, en un equilibrio imposible, en una estable inestabilidad; de lo que se deduce: no conoce la paz de espíritu. No extraña tampoco que no necesite dormir, y que no lo haga nunca, ni cuando lo hace. Confunde los besos con mordiscos y los mordiscos con besos, de manera que quizá pretenda amar y acabe arrancando la carne a dentelladas. Hay que correr el riesgo, o no.
Quizá creemos tener fuerza para aguantar una sorpresa continua, pero puede que no sea cierto: la mayoría de los humanos necesitan descansar. Es normal, y no hay que entenderlo como un fracaso.

Historia de amor de un opositor y una fracasada

Era más joven que yo, más canijo que yo; mucho más educado, amable, y alegre que yo. La querencia entre los dos despertó pronto, pero no con la misma intensidad en ambos, como por desgracia suele ocurrir. Mi discreto distanciamiento de la última semana fue una forma de decirle que no; así le evitaba la necesidad de preguntármelo en voz alta cuando no le quedara nada por perder, y yo no tenía que pasar el mal trago de responderle. Todo hubiera quedado ahí, sin más historias; sin embargo volvimos a coincidir ante nuestra mutua sorpresa cuando empezó el calor del verano y nos volvió a llamar nuestro antiguo jefe.
Seguía siendo más joven que yo, ahora mucho más que antes, o eso me parecía.
Tostado por el sol, lucía una sonrisa blanqueada en el dentista; había empezado a ir al gimnasio y estaba matriculado en una academia: pagaba setenta euros al mes. Había vuelto allí buscando un trampolín para seguir subiendo. Tras un tumultuoso viaje yo había terminado allí, como último recurso. Mi historia era mucho más larga que contar e incluía despidos, drama, mal de amores; no le conté nada más que mentiras. Y aunque las cosas eran bastante diferentes a como fueron la primera vez, fue inevitable que volviera a despertarse lo mismo entre nosotros. Y eso que yo estaba dispuesta a no querer; pero es que una cosa es lo que una se propone, y otra la realidad... Y la realidad es que yo estaba débil, y que de por sí ya es complicado alejarte de alguien que tiene un deseo tan manifiesto por complacerte. Sabía que no debía, que él no se lo merecía, ¡pero estaba tan necesitada de cariño! Y él, “la chica ideal”, decía; “No como las demás”.
Era mucho más joven que yo. Sonreía mucho más que yo. Opositor a policía nacional de 27 años, fan de los monólogos de El Club de la Comedia; vivía solo y se planchaba su ropa, le encantaba cocinar. También la playa: se alquilaba una hamaca en el chiringuito y era capaz de echar el día entero en la arena sin aburrirse, él sólo: “normalmente, siempre se conoce a alguien”. Por las tardes patinaba, o cogía la bici y se iba al paseo marítimo. Por eso estaba tan moreno, claro. No le gustaba beber: sólo se había emborrachado una vez en su vida. Como era fácil deducir no había fumado nunca, marihuana mucho menos: detestaba cualquier tipo de droga. No le gustaba el centro los sábados por la noche, aunque le encantaba bailar salsa en los locales especializados de las afueras de la ciudad; y lo hacía muy bien, o eso le habían dicho las mujeres. Pero las chicas fáciles no le despertaban mayor interés, le frustraba que sus parejas de baile de culos prietos le dejaran meterles la lengua hasta la campanilla después de invitarlas a unas pocas copas; o peor, que se la metieran a él. “Qué gracia tiene eso”, se quejaba. “No significa nada”. Me contaba todas estas cosas con tal desparpajo y confianza, y yo no podía evitar encariñarme con él. "Busco otra cosa, algo que no es fácil de encontrar”.
Hasta que le conocí, me parecía imposible que un hombre admitiese con tal franqueza su interés por mi. Era muy halagador. También era fácil entender la fuente de su fascinación: si pudiéramos elegir, todos querríamos tener algo especial, ser dueños de algo diferente que no pudiera tener nadie más. Saltaba a la vista que yo era una de esas; ya conocía de sobra esa mirada del que había aceptado un reto al que yo no le había desafiado.
Era igual de fácil dejarse encandilar, que encandilar. Quién me culpará por soñar que al dejarle entrar en mi vida, dejaba entrar algo de cordura y cariño. Sin luchas, sin huidas, sin esa obligación de resistirse; pequeñas certezas en forma de flores, bombones, todas esas manidas cursilerías. ¿No es verdad que podría haberme gustado? ¿Que fueron legítimas mis dudas, que quizá... era un poco de esto lo que necesitaba para ser feliz?
Pero al final fui justa y no acudí a su cita. Salí y me emborraché como una perra hasta casi perder el sentido. Él sólo se había emborrachado una vez en su vida, pensaba yo presa de los sudores fríos; quiere llevarme al cine, a tomar café, paga setenta euros al mes a la academia donde se está preparando para ser policía nacional....
Y cuando él me miraba, yo era parte de ese mundo lleno de bondad y optimismo en el que vivía; porque veía a la niña de risa cantarina e inquieta, sus ojos huidizos de liebre, esas tetas tan pequeñas que habría que rebuscar para encontrarlas debajo de la camisa. Cómo iba a imaginar que la niña soñaba por las noches con monstruos que la devoraban por dentro, comiéndose sus intestinos con un sonido terrible de molinillo de café.
Tan sólo una pequeña parte de mi encajaba en su mundo de bondad, la otra no tenía cabida ni allí, ni en ninguna parte, e intentar meterla hubiera sido una canallada. Pero a esas alturas, ¿cómo podía decirle que estaba tan equivocado conmigo sin hacerle sentir un ingenuo? Porque sabía cuanto sufriría al tenerme sentada en su sofá, ausente, con la certeza que no podía hacer nada para sacarme de la apatía; porque sencillamente no daba para más: porque era demasiado normal, feliz, y bueno, y eso no era suficiente, porque conmigo nunca nada era suficiente. Se sentiría un fracasado por no poder hacerme feliz, y yo me sentiría culpable por hacerle sentir un fracasado por no poder hacerme feliz, y qué manera de destrozarnos el uno al otro tan tontamente.
Ojalá hubiera hallado el modo, pero no hubo manera de rechazarle sin hacerle sentir que había sido engañado vilmente por una zorra impostora. Quizá ya haya aprobado las oposiciones y tenga plaza en algún sitio. Me imagino que en una ciudad con mar, eso espero.

Relojería Suiza

Se presenta con la modestia de un actor secundario, una sonrisa de duende en la boca fina: hola, que tal, tanto gusto, mi nombre es nosequién. Luego, una anécdota relacionada con algún personaje literario que se llama como tú, o de algo que le pasó en el barrio donde resides. La charla se va siguiendo entre todos con la cadencia de un baile ligero de salón.
Si has despertado su interés lo sabrás enseguida: pierde la vergüenza que una le imaginaba, le ves que se acerca y se sienta a tu lado sin más, con un vasito que como caballero que aparenta debiera contener un buen vino, aunque lo más probable es que lleve cerveza; te hace mil preguntas: las cejas ligeramente arqueadas, un brillito en los ojos, de nuevo esa media sonrisa que te distraiga un poco, haciéndote pensar en cuáles serán sus verdaderas intenciones. No parará hasta desconcertarte un par de veces y ver como reaccionas: esto es lo que él llama un primer tanteo. Sólo si le dejas convencido de que puedes mantener el ritmo pasaréis al segundo nivel. Allí ya no te servirán los modales de mademoiselle, y no veas en esto una crueldad de su parte, por favor, más bien considéralo un gesto de caballerosidad: si no has podido contestar a sus ocurrencias de tahúr, no va a dejar que te humilles con desafíos mucho mayores a tus capacidades.
No hablará mirándote a la boca, ni te dará atributos de diosa que sabes que no mereces, tampoco presumirá a tu oído de sus destrezas cunnilingulares; vaya, es no quiere llevarte a la cama todavía, sólo comprobar que eres capaz de entenderle cuando de comienzo a la traya dialéctica del tercer nivel, lanzada en frases largas y enunciadas a un ritmo vertiginoso. Divertido es un buen rato, si es que no te importa acabar sonrojándote un par de veces. Quiero decir: no todos tenemos buen perder. Piensa antes de seguir adelante, porque tras esto no hay muchas pistas señales notas que sobresalgan del pentagrama; puede que creas que vas bien, que tu mano de cartas promete, hasta que le oigas reír con risita tantalizadora: he aquí la señal inequívoca de que caíste en su trampa. Si quieres un consuelo, es difícil ganar a unas neuronas que no pasarían el control de dopaje; tú aún estás pensando cuando él hace un par de segundos que siguió la secuencia lógica de tu pensamiento y ya está allí: esperando que le respondas algo que ya conoce, y lo hace con esa sonrisilla que se le
escapa sin querer, la señal de que ya sabe algo de ti que tú no.
En todo es así como te digo, metódico y perfecto (ya veo que quieres saber, pero eres demasiado tímida para preguntarlo), también haciendo el amor es tan impecable e implacable como un reloj suizo.
El problema básico es subestimarlo, pues pone un interés considerable no sé si consciente o inconsciente en no destacar demasiado, entonces, a una le cuesta imaginarlo en toda su excelencia, y la pilla por sorpresa. Piensa en los héroes de las películas, en los villanos. Y en que nadie se para a estudiar a los actores secundarios, por esto es que son los más peligrosos de todos: capaces de robar el tesoro mientras todos miran a otra parte del plano.