¡Oh, caballero Cruzado de brillante armadura! Que vuelves al hogar tras tantas batallas bajo la bandera de lo Sagrado. Cuánto no habréis recordado a estas tierras frescas y fértiles cabalgando apesadumbrado en los desiertos del Oriente infiel.
Las gentes del castillo salen a mirar. Pero sin entender que tiene esto de puro. Bajáis del hermoso corcel con el corazón animoso y regocijado: dais las gracias a Dios por regresar al hogar con vida y honor.
Os inclináis a besar
la tierra,
las rodilleras
¡no ceden!
Dais
con el rostro
en el suelo.
¡Os partís
los dientes!
brota la sangre
como una fuente.
Se os oye gemir
un “¡ay!” de dolor.
Brota la sangre
como un río.
Os levantáis
torpemente
mareado
y confundido,
(y sin la ayuda de nadie).
Refulge el peto bajo el sol como forjado en miles de rubíes: la sangre lo bañaba como el mar. Gemidos de dolor.
Los vecinos al fin comprenden. Se admiran: "¡oh! ¡la belleza de la sangre derramada en vano!". Y enfervorizadas gritan vivas, gritan salves,
y gritan
al fin
vuestro nombre.