jueves, 30 de diciembre de 2010

Una camisa limpia y bien planchada

Guapa no es. Quiero decir, tampoco es fea. Creo que con ella uno no puede emplear los cánones de belleza habituales. A ver, me refiero a que tiene algo, pero es un algo etéreo poco dado a calificaciones de tipo sencillo, como guapo-feo. No sé si me entiendes. Tiene una belleza extraña, estrambótica, que no tiene que ver con el tamaño de sus ojos o de su nariz, o el grosor de sus labios. Más bien es algo en su forma de mirar, o el dibujo de su sonrisa. Pero no, fea no es, aunque guapa tampoco. No me gustan nada sus zapatos, eso seguro. No, bueno, no digo el gusto a la hora de elegir sus zapatos, me he expresado mal. Me refiero a que nunca se preocupa en llevarlos bien cepillados. Por ejemplo, anoche. Me fijé que llevaba las botas manchadas de barro. Los zapatos dicen mucho de una persona, ¿sabes? Y ella los llevaba llenos de barro. Es fácil deducir que no se fija por donde pisa. Es lo que cualquiera pensaría, pero no es así. Fijarse se fija bien, muy bien, pero no se quiere fijar, que es distinto. Es lo que hace: desfijarse. Le gusta ir medio loca por la vida, mirando para dejar de mirar lo que tiene delante, prefiere mirar al cielo, a la mosca que le pasa volando por delante, o las margaritas silvestres que crecen en los bordillos de las aceras; lo que sea, con tal de no mirar al frente, o dejar de mirarlo, y por eso se mete en los charcos. No es que no los vea, ¿entiendes? Claro que los ve, estoy convencido de ello. Al principio la ves y piensas: “qué chica tan despistada. Si mirara lo que tiene delante, se fijaría que hay un charco y no se metería en él. Pero como va pensando en las musarañas, pues siempre se mancha los zapatos”. A mi también me engañó, no creas.
Y anoche llegó, y de nuevo tenía las botas manchadas, y el barro le había llegado hasta la altura de los tobillos... Debió zambullirse de pleno. Cualquiera pensaría: “pues hay que estar despistada”. Pero yo ya sé la verdad. Si ella pudiera, saltaría en él directamente, soltando carcajadas al aire, con los ojos cerrados, porque no hay nada más divertido que saltar en un charco cuando llevas botas puestas, formar pompitas en la superficie del agua fangosa y ver las caras de envidia de los niños, cuyas madres sujetan firmemente de la mano para que no se le unan a la fiesta. Eso es lo que le gustaría hacer en el fondo. ¿No te digo que está medio volada? Lo que pasa es que como está mal visto que un adulto haga esas cosas, y más una adulta, pues se inhibe. A medias. Aunque quiera, aunque se obligue así misma, no puede resistirse del todo. Yo creo que su corazón, entre pálpito y pálpito, se agita con tanta rebeldía... La disciplina burguesa la ha domado solo en la superficie, ¡pero en cuanto puede!
Lo mejor de todo es que usa una táctica tan sutil de distracción que no sólo engaña a los demás, sino a ella misma en el proceso: afirma con seriedad que evitará el charco, de hecho, si le preguntas al respecto, lo asegurará rotundidad, porque así lo cree. Pero que no te engañe con su cara de jovencita obediente. Aunque esté convencida que jamás saltará en un charco para dejar que sus botas nuevas se manchen de barro, en el fondo, es lo que desea. Guarda ese anhelo con llave en su corazón, a sabiendas que de esta manera su conciencia la dejará tranquila, evitándose el juicio de la sociedad y el de la educación recibida. Pero en el fondo ha guardado esos anhelos en habitaciones con segundas puertas muy bien disimuladas, y así, cuando está segura y convencida que de ahí no saldrán hasta que ella lo mande, hasta que llegue con el manojo de llaves en la mano, esos anhelos hace rato que se han escabullido de puntillas y salieron del escondrijo. ¿Entiendes lo que quiero decir? La muy listilla se cubre las espaldas, y mientras te repite y se cree que va a evitar los charcos, deja que esos anhelos tomen el timón de su inconsciente y la guíen hasta ellos; mientras tú, ingenuo, caminas a su lado sin percatarte del engaño, pues te mira de esa manera, exhalando su perfume de chica remilgada y discreta, ¿que, cómo vas a sospechar? hasta que ¡zas!, ya está dentro del charco, y si no tienes cuidado acabas también con los zapatos sucios...
Todo parece completamente accidental. Al principio yo también caí. De hecho, la seguí, y llegué no pocas veces a casa manchado hasta las cejas, fastidiado no sólo por tener que cepillar los zapatos y darles un baño de alcanfor antes de acostarme (ya sabes cuanto me disgusta ir a trabajar con los zapatos sucios), sino por mi demostración manifiesta de torpeza. Tenía que poner fin a esto, concentrarme en el camino. De esta manera fue como me di cuenta. Y me costó, pues como te digo, su estrategia es sutil: al entrar en una calle lanza una amplia mirada de reconocimiento, siendo capaz, de una sola tacada, de fijarse en multitud de detalles, por supuesto, de localizar los charcos. A menudo se le ha escapado algún comentario sobre las palabras escritas en los ladrillos del edificio, una piedrecita de cuarzo que brilla junto a la basura: pequeños detalles que demuestran su capacidad para retener toda esa información. Pero disimula muy bien que la tiene mientras habla contigo distraídamente en metáforas, desviando los ojos ahora a las nubes, ahora a los escaparates de baratijas, o al perrito sentado a la puerta del supermercado esperando su dueña. Le encanta hacerse la interesante y terminar en los charcos, casi por casualidad. Por eso siempre sonríe cuando se encuentra así misma en mitad de uno, ¿sabes? Alguien que no querría mancharse las botas de barro de verdad, gemiría con desaprobación hacia sí mismo, protestaría por su torpeza, algo así. Pero ella no. Ella sonríe divertida, a lo sumo se encoge de hombros y musita un “¡anda!”, como si realmente no se esperase estar en medio de un charco. Lo que pasa es que, en el fondo, aunque lo niegue, aunque pretenda convencerse que no es así, lo quería. Lo deseaba. ¿Lo entiendes?
Es normal que te haya pasado desapercibido. Hace falta ser un gran observador para
descubrir el pastel. En realidad si no me lo hiciera con tanta frecuencia ni yo me habría dado cuenta. Pero ya la veo venir. Y cuando se encoge de hombros y musita:
“¡Vaya!” chapoteando en el charco, pues yo le sonrío con condescendencia, y espero a que salga, echándome a un lado para que no me salpique.
Cuando la descubrí la regañé: "me he dado cuenta de lo que haces", pero me miró con aquella expresión de vergüenza y culpa, y también algo de miedo. Le puso nerviosa saber que la había descubierto. Decidí que era mejor disimular, y ya no le digo nada, si no, se sentiría demasiado vulnerable a mi lado.
En fin. Luego le paso un pañuelo y le pido que se adecente un poco, a lo que ella siempre contesta con una risita condescendiente consigo misma, y después me obedece. Así lo hace siempre. En el fondo es feliz, porque se ha salido con la suya. Y yo la dejo, claro. La dejo porque me gusta verla sonreír así. Como anoche. Como sonreía anoche, cuando nos vimos, yo con la blusa pulcramente planchada y los zapatos limpios; ella con el vestido ligeramente descosido en el dobladillo, a la altura del muslo izquierdo, y las botas llenas de barro. Yo le dije: “siempre acabas en los charcos, ay, estás tan atolondrada...”. Y ella volvió a sonreír así, soltó una risita y me pidió un pañuelo para adecentarse los zapatos, dijo que lo hacía por mi, pues estaba segura que yo era el único que se fijaba en esos detalles sin importancia.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El informe


La recordaba adormilada, mirando sin mirar hacia la ventana, mientras él escribía a ratos en el portátil, desconcentrado. 
A la luz de los datos ofrecidos por la compañía, podemos concluir.
Aún puede captar el aroma a los dos que se respiraba en la pequeña habitación. El cristal de la ventana les hacía de lupa; él se deleita imaginando que a ella le calentaba la frente, que no le dejaba abrir los ojos entornados con languidez animal, mientras se acurrucaba contra él. O quizá simplemente estaba aburrida porque llevaban demasiado tiempo sentados en el sofá, sin hablarse, porque él tenía que terminar el informe.
Por tanto vemos necesario exigir a la compañía.
Ella ya no estaba. En cambio el informe seguía en el archivador del mes de Enero de su despacho.

martes, 9 de noviembre de 2010

El deseo de ser esqueleto


Sucedió una vez, y estas cosas pasan una sola vez en la vida. Era verano. Los dos llegaron dispersos, entre medio de mucha gente, en una algarabía de voces; como olas lejanas en un mar pálido. De repente, mas no de casualidad: en realidad, llevaban tiempo buscándose entre los huecos de los brazos, entre los vasos de cerveza, entre las barbas y las sonrisas con pintalabios. Sucedió que, por fin, coincidieron allí, en la esquina de las pupilas... un mismo espacio y un mismo tiempo. Se miraron como se miran dos agujeros negros en el océano cósmico, como se miran dos remolinos en el mar. Se miraron, y estalló un fuego nuclear. Todo blanco primero, y luego todo negro, y no se vio ya nada más que a ellos mismos en un fondo de fuego. Se les fue despojando poco a poco las capas de piel, la carne, los músculos. Ni siquiera sonreían, o no sé, pues ya no tenían bocas con que hacerlo; pero si lo hacían, era así, muy brevemente y no por alegría: como lo hacen las esculturas arcaicas griegas, como sonríen los budas. Y todo lo efímero se desintegró, el mundo entero a su alrededor, y aún ellos mismos, hasta que no quedó más que una mirada de ida y vuelta, sostenida desde lo profundo de dos esqueletos de marfil. Luego, cuando tuvieron que dejar de mirarse, el mundo tomó forma otra vez, y la realidad les pareció desde entonces un sueño pálido.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Oda a la sangre derramada en vano


¡Oh, caballero Cruzado de brillante armadura! Que vuelves al hogar tras tantas batallas bajo la bandera de lo Sagrado. Cuánto no habréis recordado a estas tierras frescas y fértiles cabalgando apesadumbrado en los desiertos del Oriente infiel.
Las gentes del castillo salen a mirar. Pero sin entender que tiene esto de puro. Bajáis del hermoso corcel con el corazón animoso y regocijado: dais las gracias a Dios por regresar al hogar con vida y honor. 
Os inclináis a besar
la tierra,
las rodilleras
¡no ceden!
Dais
con el rostro
en el suelo.
¡Os partís
los dientes!
brota la sangre
como una fuente.
Se os oye gemir
un “¡ay!” de dolor.
Brota la sangre
como un río. 
Os levantáis
torpemente
mareado
y confundido,
(y sin la ayuda de nadie).
Refulge el peto bajo el sol como forjado en miles de rubíes: la sangre lo bañaba como el mar. Gemidos de dolor.
Los vecinos al fin comprenden. Se admiran: "¡oh! ¡la belleza de la sangre derramada en vano!". Y enfervorizadas gritan vivas, gritan salves, 
y gritan 
al fin 
vuestro nombre.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Otoño

A penas se le oye venir: Otoño es un chico tímido, de mirada lánguida. Llega con suavidad, sin grandes alardes, siempre discreto: sólo trae un gorrito y su maletita de cuero.Te encuentra el Otoño acurrucada al borde del camino, soñando con la lluvia y los nublados. Le gusta pasar, a Otoño, las tardes sentado bajo un árbol, leyendo poesía y fumando en pipa. De cuando en cuando levanta el rostro al cielo, observa un momento el transcurrir pesado de las nubes, suspira. Si te acercas puede oírse un leve rumor que cae de sus labios, casi sin darse cuenta.
Otoño va llenando el bosque y el corazón de ensueños: de dorados, ocres, rojos. Llena de dulzura lo que estaba seco; inculca a los frutos la fuerza de espíritu con la que afrontar el frío que ha de llegar. ¿Quién soñaría que de la madera nacerían hijos tan dulces?

jueves, 6 de mayo de 2010

Efímeros

Clara
Clara clara, clarita Clara. Paladea el nombre entre los labios, sintiendo el rubio estallar en su lengua. Sólo mencionar su nombre invoca al blanco, que llega en una tromba. Cierra los ojos, deja que le envuelva, lo respira por la nariz, a grandes bocanadas por la boca. Sube, con velocidad endemoniada, cegándole con su luz; le atraviesa el cerebro hasta el centro mismo del sistema límbico, y allí le destroza. Sonríe feliz, recordándola. Que blancura la de sus brazos, la de sus muslos blancos. Lo rodeaba la luz, como si estuviera a punto de morir. ¡Eso es! Como si estuviera a punto de morir.

La mujer sin corazón
Cuando está triste, no tiene corazón. O lo tiene, pero se resquebraja, se abre, deja de serlo para convertirse en una de esas exóticas flores que crecen en lo más profundo de la selva, de colores oscuros y brillantes, rezumando ácido. 
Cuando es feliz, tampoco lo tiene, porque pierde peso y se le escapa por la boca sin darse cuenta. Y mientas él flota ingrávido y alegre por encima de su cabeza, su lugar lo llena un impulso brillante, como una especie de remolino de viento que creara energía.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La primavera de Silvia

Silvia no entiende los por qués, ni tiene idea del cómo diablos. Sólo sabe cuando empezó todo: una tarde apacible en el parque, mientras se dejaba calentar bajo los rayos de sol. Había salido a pasear con su vestido nuevo y un amplio sombrero de paja que le daba aspecto de joven pueblerina, saludable, vital, en plena explosión de su fertilidad. Estaba tan hermosa que todo aquel con quien se cruzaba, ya fuera hombre o mujer, se quedaba embobado observando sus tiernos cabellos dorados, la carne blanda que refulgía templándose bajo el sol primaveral. '¡Nenita, qué diosa!', había exclamado una anciana que pasó junto a su banco en el parquecillo. Silvia había sonreído, sonrojada, complacida y complaciente. No sabía qué era, pero estaba claro que alguna luz especial la hacía brillar entre el común de los mortales ese día.
En casa, ya de noche, se había desnudado frente al espejo antes de entrar en la ducha. Recuerda la vaga sorpresa al contemplar su piel teñida de un tono verdi-amarillo muy alegre, como de limón joven. Al principio lo achacó a algo circunstancial. ¡Demasiado tiempo bajo el sol! Pero a medida que pasaron las horas y seguía viéndose así, pensó más bien en un defecto visual. ¿Quizá era daltónica y no lo sabía?
A la mañana siguiente, al despertar, sus mejillas seguían con el mismo tono amarillo tostado, y se asustó. Llamó a su madre corriendo, que lo achacó a algún tipo de efecto del césped del parque sobre su epidermis; pero por más que Silvia frotó, primero sola, después con la fogosa ayuda de su madre y una esponja de crin, fue imposible borrarle el tono verdi-amarillo sin despellejarse viva en el intento. De nada sirvieron sus blandas protestas al jardinero de la comunidad, airadas luego cuando las pronunció su madre con su instinto maternal haciéndole soltar fuego por la boca. Tampoco sirvieron las denuncias posteriores al vivero responsable de los plantones, ni los análisis químicos de la aseguradora. Él médico que le hizo las pruebas confirmó que no le ocurría nada malo, ni a su piel, ni a su corazón, ni a su hígado, ni a sus riñones, ni a nada que se pudiera poner bajo el microscopio. Simplemente, no tenían una explicación racional para lo que le estaba pasando a Silvia. 'Supongo que será el cambio de estación', le había dicho el doctor alzando las cejas, recetándole unos cuantos antihistamínicos para la alergia mientras su madre lloraba desconsolada en la silla.
Unas semanas después Silvia aceptó con resignación la fina hierba del color de las manzanas ácidas que le empezaba a cubrir ya todo el vientre, los pechos y las piernas. El proceso de metamorfosis continuó: unas lánguidas cintas le brotaron de los hombros, a modo de llamativos y elegantes espolones; tiernas y brillantes hojas de hiedra se enredaron suavemente desde su ombligo a sus caderas, tréboles esmeraldas y blancas llamanovias cubrieron su sexo, jazmines tiñeron sus mejillas de blanco y rosado; y finalmente, espigas salvajes coronaron su cabeza. Para mediados de mayo, Silvia se había convertido en un fragante bosque en miniatura para el asombro de todos.
Desde entonces, todos los finales de abril comenzaba el mismo proceso: su piel comenzaba a reverdecer hasta que su cuerpo se convertía en una explosión de colores y fragancias; pasándosele el efecto con los calores intensos del verano, cuando sus flores y hojarascas retrocedían demasiado acaloradas por el sol y la brisa llameante.
Su madre acabó creyendo que alguna bruja celosa de la belleza de su criatura le había echado un hechizo maligno por puro despecho. Pero Silvia, que se acordaba muy bien de las palabras de la anciana con la que se encontrara aquel día en el parque, comprendía perfectamente lo que había ocurrido: por alguna razón que no entendía una diosa la visitaba las primaveras, haciéndola florecer y brillar de marzo a junio con la luz y los colores templados de los jardines, los huertos y los valles.

lunes, 1 de marzo de 2010

El autobús

Es un día normal, más o menos aburrido, como ayer, o como pueda ser mañana. Piensas, sentada en tu mesa tan temprano, que no habrá nada especial en él por lo que merezca dejar constancia de este día en ningún diario. Estás demasiado cansada para escuchar los presagios que flotan en el aire, que ingenua de ti, agitas creando remolinos con las manos al apartarlos. No oyes aún, aunque lo harás.
Te adormilas en la mesa de la oficina, sólo ves letras sin sentido brillando en la pantalla del ordenador, no hay ganas de resolver enigmas. Al fondo, una canción vacía con la que no te emocionas, tampoco te deja soñar.
Un día de estos que pasan sin sentir, piensas. No pasan como tú imaginabas que pasarían. La vida es lo que es, y no lo que soñabas que sería. Quizá para compensar la cincelas con algo de grandilocuencia en tus palabras, en tu mente. Pero en el fondo, qué demonios, te fastidia tener que ser tú, y no ella, la que te sacuda con su maravilla. Qué injusticia, piensas. Que gran injusticia. La vida es así, tan simple, tan sencilla, tan tontuna. ¿Qué le vamos a hacer? Se queda a tu lado sonriente y nada más. ¡Tan tontuna! Tú lo que quisieras es que te abrazase, te cogiese en brazos, te hiciera el amor. O al menos, si no hay más remedio, que te golpease un poco, hasta hacerte sangrar. La cuestión es que te demuestre que le importas.
Vuelves a quejarte en silencio, mirando el reloj.
Dentro de un mes te verás mirando por la ventana con una taza de café entre las manos, esforzándote en recordar todos los detalles de este día tan aburrido que pretendes olvidar. Por alguna extraña razón te acordarás de la canción que se escucha de fondo mientras escribes 'merezco algo más' en letras mayúsculas. Y dejará de ser una canción tonta para ti.
Alzas la vista de nuevo, una hora de números impares en el reloj, de las que hay que redondear si te preguntan. Hace diez minutos (redondeando) que tendrías que estar fuera, y ni siquiera te has dado cuenta. ¡Qué mala señal! Te irritas después porque has perdido tu autobús, y ahora tendrás que esperar media hora más. Suspiras en el frío de la noche que se te enrosca sin querer al cuerpo. Cuando llega el autobús no protestas por el retraso, más bien saludas como siempre con tu sonrisa cordial, le das la moneda al conductor, que apenas te mira ni contesta a tu 'buenas noches', porque él está igual de cansado que tú, pero no es tan cordial. En realidad, casi nadie lo es, pero no te importa, o digamos, tú no puedes evitar serlo, o que no lo sean los demás, así pues, qué más da. En cuanto pasas dentro vuelven las ojeras en este escenario anodino que recorres a diario. Suspiras blandamente, sin quitar la vista del la ventanilla sucia por la que nada quieres ver, sólo sombras y luz.
La vida es así. Tontuna. Te repites para terminar de convencerte.
Pero sabes que un día mientras caminas mirando al suelo, un rayo te dará en la cabeza y te cargará de electricidad, alguien pronunciará una palabra que se te inyectará en lo más hondo del cerebro, delante de ti se asomará un milagro, y tú, erizada, despertarás. Con los ojos muy abiertos, temblarás por la brisa que te susurra sus secretos al oído. De repente puedes verlos flotando junto a ti, ingrávidos, tan acostumbrados a ser ignorados que al principio tienes que esforzarte un poco para distinguir su leve opacidad, afinar el oído para que te llegue su sonido tenue, acompasado, como si fuera el aire mismo respirando. En los comienzos todo es leve, por eso tendrás que esforzarte en recordar. Luego, lo querrás devorar todo con ánimo estudiantil. Pero es cuestión de tiempo, ya sabes. La sencillez es demasiado pura, la pureza mirada de cerca puede quemar, es demasiado intensa y brillante, te hace dudar de tu capacidad para soportarla, y acabas temblando de miedo.
Él se acerca, escuchando al mismo secreto que, arrodillado y sujetando tu mano, te grita desde esta mañana como hacía Casandra, mientras tú volvías el rostro para otro lado. El chico te está mirando, te pregunta sonriente: ¿está libre este asiento? Y tú pensarás, ¡qué frase tan tontuna! ¡Qué primeras palabras tan poco dignas de recordar! Y sin embargo las vas a recordar bien, éstas y toda la conversación posterior, queriendo escuchar el eco de algo fundamental resonando detrás, que quizá no existe. O quizá solo existe para ti. Lo mismo es, ¿verdad?
Le has dicho que puede sentarse contigo y él acepta, le sonríes de vuelta, sólo brevemente, poniéndote el escudo de educada indiferencia que usas con todos los desconocidos con los que tienes que compartir tu espacio personal. Ha visto el librito que llevas entre las manos, y cómo se aburre, te habla de su personaje favorito, con el que por cierto tú no coincides, aunque es curioso verlo a través de sus ojos. Él sigue hablando, te cuenta que estuvo en aquel país en que transcurre la historia. La arquitectura tan fascinante. Dice que recorrer sus calles habiéndolas leído antes tenía algo de mágico, aunque también triste, sin saber muy bien por qué. Tú lo adivinas, pero te cuesta pronunciarlo. Le sonríes con luz tenue mientras le cuentas que lo imaginado, lo soñado, a veces se mezcla con la realidad, se superpone a ella en un lugar y en un tiempo, y eso siempre tiene algo de nostálgico, ¿verdad? Ambos os sonreís, en un silencio que empieza a resonar con estrépito. ¿Qué ha pasado? Tú ya estás creando una poesía en tu cabeza, pero aún queda mucho tiempo para que empieces a escribirla en el papel. Él va apagando las palabras, algo perturbado, habla de la bicicleta, de los puentes y los días de sol. Tan suave, para que no se note cuando os invada la oscuridad de la que ha surgido, porque está temiendo que llegue, así que prefiere provocar él mismo su venida, para al menos poder controlar algo. No sabes por qué, pero te enterneces. Alargas el ocaso un poco más (sólo un poco). Y él, tímido, responde (sólo otro poco). Y así, sin daros cuenta, frente a la puerta de tu casa, ninguno sabe como dejar de hablar. Os decís vuestros nombres, atropelladamente. Sólo dos palabras, pequeñitas, en las que hay que condensar tantísimas cosas que se convierten en nada, siendo como son dos vidas enteras. ¡Qué contradicción! Piensas. Y él piensa lo mismo que tú. Os despedís con un beso en la mejilla, números encadenados con los que volver a coincidir, y una promesa de mañana. Y ya está, así de simple. Así de sencillo. De esta manera, algo tan tontuno como perder el autobús, se convierte en un milagro.

jueves, 11 de febrero de 2010

Efímeros

Transparencia
No he aprobado el examen. No se ha hundido el mundo, pero me siento vagamente fracasada hoy. Más concretamente, sé que debería sentirme así, que intelectualmente viene a ser algo parecido, aunque no es lo mismo. Lo cierto es que estoy demasiado cansada como para evocar mi fracaso con mayor intensidad o fuerza. En realidad, creo que hasta me da igual. Transparente, me atraviesa mi fracaso sin provocarme ningún daño.

Intensidad grande
Odio mi trabajo. Odio trabajar de noche. Odio los crujidos en la espalda. Odio ser una zombie por el día, cuando me encuentro a las vecinas en el supermercado y ellas me saludan con sus voces cantarinas, mientras yo arrastro los pies, tan cansada que ni siquiera siento el frío al cruzar la sección de congelados. Luego ellas salen juntas a correr, los lunes echan partidos de tenis, pero a mi no me avisan porque con mi trabajo siempre estoy demasiado cansada para hacer nada. Por eso odio mi trabajo. Y el odio me invade y me hace más grande para poder abarcarlo todo entero, porque con mi altura de uno sesenta y cinco no sería suficiente.

Intensidad pequeña
Me roza el brazo, levemente. No es un contacto fortuito, aunque lo finja. Contengo la respiración y no sé si se me nota, lo cual me pone nerviosa. Él no me mira, sigue hablando con su amigo, pero siento que me observa con algún tipo de súper-poder. Posa su mano en mi brazo, lo acaricia sólo un poco, y algo prende súbitamente en mis entrañas dejándome ciega. Me voy haciendo más pequeña, más y más, hasta no ser más que mi brazo, como un guiso que se concentra a olla abierta. Él dice algo, ambos me están sonriendo, pero soy incapaz de entender sus palabras. Les devuelvo una sonrisa que tiembla en mi boca, porque a los brazos les cuesta sonreír.