martes, 8 de febrero de 2011

La niña que se tropezaba con el techo


La joven Sofía llevó una vida feliz y tranquila en el pueblo hasta que cumplió los 19 años. Esa fiesta acabó pronto, mucho antes de lo que habían previsto sus amigos, pues Sofía tuvo que ir a acostarse aquejada de terribles dolores en las articulaciones y unas fiebres de cuarenta. Cuando despertó a la mañana siguiente, resultó que había crecido metro y medio. Había destrozado las costuras del pijama nuevo que le acababa de regalar su madre, y se dio un golpe terrible con el techo al incorporarse; de tal modo que todo lo que pasó aquella mañana lo recuerda como una ensoñación, debido a la fuerte conmoción sufrida. Sus padres, muy preocupados por el asunto, la llevaron al ambulatorio del pueblo. Allí le hicieron analíticas de todas clases, pero sin resultados concluyentes. Hubo de pasar un par de semanas hasta que llegaron las pruebas de los laboratorios y enterarse del diagnóstico: un tumor cerebral inoperable que la hacía crecer desmesuradamente. No era mortal, aunque sí bastante molesto.

-Necesitará medicación para no seguir creciendo - les dijo el médico-. Y aún así, no hay una garantía al 100%... estas cosas son muy difíciles de controlar.

Sofía aceptó la noticia con algo de alegría. Al menos, seguiría viva, se consolaba. Aunque estaba feliz porque su vida no corría peligro, había de reconocer que su existencia empeoró considerablemente con su nueva altura. No había ropa ni calzado de su talla. Todo se lo tenían que hacer a medida, hasta la ropa interior (¡qué vergüenza!). No había dinero para comprar una casa nueva de techos más altos, ni reformar la que tenían, por lo que la vida en el hogar se volvió bastante incómoda para Sofía que tenía que pasar casi todo el tiempo agachada. La mayoría de sus amigos le dio de lado: según le dijeron en una carta de despedida: 'no te lo tomes como algo personal, es difícil ser amigo de un gigante y no parecer ridículo'. Por no hablar del ambiente familiar en sí, pues desde su transformación, sus padres no dejaban de discutir y esto hacía sentir muy culpable a Sofía.

-Tampoco es para tanto -decía el padre-. Simplemente, es un poco más alta que la media española.

-¿Un poco más alta? ¡Tu hija mide dos metros y medio! ¿Qué hombre va a querer casarse con una mujer que le saque dos cabezas? -sollozaba la madre.

Escuchando tales cosas subiendo por la escalera hasta sus oídos, Sofía no podía evitar pasar las noches enteras mirando al techo con los ojos abiertos, pensando cómo sería el resto de su vida de gigante.  La falta de sueño, la frustración, y el sempiterno dolor de cuello, la sumieron en una severa depresión; y se pasaba las horas encerrada en su cuarto sin querer ver a nadie. Ante esta situación, su madre decidió invitar a casa al abuelo, con el que Sofía siempre había compartido una relación muy especial, con la esperanza de que su compañía ayudase a la niña a salir de su ensimismamiento.
El día que el viejo llegó, no pareció sorprenderse de la gran estatura de su nieta. Se abrazó a su cintura (que era hasta donde le alcanzaban los brazos), y le lanzó dos besos voladores con la palma de la mano. Nada dijo del asunto, ni ese  día ni el siguiente, ni al otro. Hasta que por fin, una tarde cualquiera compartiendo una merienda familiar en el porche, la miró con atención y dijo:

-Y bien, ¿por qué me dijisteis que estaba enferma? A esta niña no le pasa nada.

-Papá -intervino el padre con evidente irritación-. La niña tiene un tumor inoperable.

-Paparruchas.

-Abuelo, ¿no me ves? -suspiró Sofía-. Soy muy grande.

-Es este pueblo, que se te ha quedado chico. Tengo muchos años en mis huesos doloridos, y no eres el primer caso que veo. Necesitas un sitio más alto.
Así fue como el abuelo convenció a los padres de Sofía para que la dejaran coger un avión a un horizonte más ancho, donde vivían otras personas con tumores como el suyo que les hacían seguir creciendo muy pasada la edad de hacerlo; y en el que encontró algo parecido a la felicidad, si ustedes creen que eso existe.