Al momento dedujo que llevaba todo el día fuera, entretenido, haciendo cosas; que hacía muchas horas de la ducha de la mañana y la capacidad de los jabones para esconderle había desaparecido por completo: olía a desnudez. A su lado en la butaca, le llegaba el perfume de su carne lo mismo que si no llevara la ropa puesta; lo cual no era desagradable en absoluto.
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