Salía a pasear, la acompañaban dos amigas, o quizá dos chicas del servicio, pues iban más escuetamente vestidas y sonreían con mucha más humildad; una a cada lado como perros guardianes (y realmente tenían esa mirada feroz de grandes mastines). Yo la miraba de lejos, admirando y detestando simultáneamente sus ademanes de princesa: tan indiferente, con tan poco interés en todo.
La ola llegó sin avisar. La vi venir con la boca abierta, sin tiempo para gritar el grito que tenía naciendo en la cabeza. Se las llevó a las tres, arrastrándolas muchos metros de distancia hasta que la ola se fue debilitando y se perdió por los escalones que bajan de la plaza. Pasados unos instantes de confusión, la vi levantarse a trompicones. Su hermoso vestido medio deshilachado, el pelo un remolino enmarañado, los ojos muy abiertos. Sus acompañantes gimoteaban suavemente, sin ser capaces de ponerse en pie. Pronto, alrededor de las tres se formó un coro de curiosos que las observaban silenciosos e incólumes como estatuas de dioses.
La princesa se levantó un poco el vestido, pude oír su sollozo desconsolado. Uno de sus pies asomó, magullado y amoratado, entre los dedos se dibujó un gran corte del que la sangre empezaba ya a manar con intensidad.
No paró de llorar cuando logré llegar hasta su pie y lo besé con delicadeza. Yo era la única persona que podía curarlo, y por eso sonreía y me sentía tan feliz por dentro, pues había encontrado mi misión en la vida, y por fin se cumplía mi certeza, largamente intuida, que estaba unida a la de vida de ella. Fui dejando su pie limpio hasta que no quedó rastro de sangre. Ella había callado. Levanté el rostro, vi que al fin nos mirábamos.