Al principio le había resultado difícil no pensar
en ello noche y día, la primera cosa que se decía al despertar era
la misma que la última que se decía al acostarse: me muero; y
absolutamente todo lo demás que ocurría en el medio se iba
construyendo centrípetamente alrededor. En el núcleo central
brillaba la palabra clave, pronunciada por su médico en un calculado
tono impersonal, objetivo, meramente diagnóstico:
-Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Se
había obligado así mismo a aceptarlo con la misma pretendida
objetividad con la que se lo había anunciado el médico, evitándose
el resto de las etapas de duelo. Al fin y al cabo él era un tipo
intelectual, solía vanagloriarse de su capacidad de adaptación, su
flexibilidad de pensamiento. Sentado en el sofá junto a
Carmen, fingiendo que veía la televisión; mirándose al espejo
mientras se cepillaba los dientes; en el desayuno, con el periódico
delante, mientras sorbía el café; en las largas sesiones en el
hospital: se había imaginado así mismo con el cáncer dentro del
cuerpo. Había querido entenderlo como lo entendería su médico,
desde fuera, y la
primera impresión que surgió fue la de un parásito invasor; algo
que, al fin y al cabo, no se alejaba demasiado de la realidad. Pero a
medida que su vida entera y la de su familia se había puesto a girar
en torno a esa pequeña masa de células venenosas se había
convertido en otra cosa distinta; no sabía qué exactamente, pero
constató una extraña sensación de intimidad.
Bajo la luz cruel y
difusa del hipermercado su piel tiene un tinte grisáceo, o eso le
parece. Una presión repentina en el pecho, que identifica como
miedo. Lo hace con el mismo tono mental calculadamente impersonal,
objetivo, meramente diagnóstico que su médico: Tiene usted
miedo. Imagina que las luces del hipermercado iluminan su tumor
canceroso, esa pequeña masa que se asomaba en el Tac a la altura de
lo que debía ser su pulmón derecho.
-Conviene no atrasar
demasiado el inicio de las sesiones. Hay una buena probabilidad.
Presuponía que aquel
hombre de cejas impertérritas lo estaba haciendo a propósito.
Hablar sin decir nada. Una forma de sugerir posibilidades, sin dar
falsas esperanzas. Calculadamente no optimista, ni pesimista, sino
justo en el medio. Eso le había gustado. Le hacía sentir que su
médico lo veía como un hombre razonable, capaz de afrontar la
realidad de la situación. Los demás no habían sido tan sutiles.
Más bien, todo lo contrario. No pasa nada. Lo han cogido a
tiempo. Esas cosas. Era comprensible. Les sonreía, incapaz de
decir nada. ¿Qué iba a decir?
¿Carmen le había dicho
de uva o de manzana? No lograba recordar cuál. Se para delante de la
estantería, tratando de estudiar qué imagen corporativa le suena
más. Hay docenas de zumos distintos: de melocotón y uva, de
manzana, de frutas exóticas, de variedad de cítricos, de zanahoria
y tomate, de frutas rojas, sin azúcar añadido, con cereales,
enriquecido con vitaminas y calcio, antioxidante, energizante,
relajante.
¿Cuándo se había
vuelto tan complicado beber zumo?
Por la mañana le había acusado de
haber decidido morir sin pensar en lo que iban a sufrir cuando se
quedaran solos. Una viuda de treinta y seis, un niño de tres,
tantísimas cosas para ella sola. Muy egoísta de tu parte. Te
necesitamos, le dijo. Yo sola no puedo. Todo eso le dijo, con los
ojos muy brillantes, pero sin romper a llorar; una cadencia serena en
la voz que dejaba entrever cierto distanciamiento emocional pese a lo
intenso del mensaje. Le encantaba cuando Carmen empleaba con él su
tono diplomático profesional, de sus tiempos en el gabinete de
sicología. Especialmente si se trataba de argumentar por qué no era
apropiado tener relaciones sexuales en ese momento. Abordarla en el
cuarto de la plancha, cogerla de las muñecas; oírla protestar con
ese tono pretendidamente frío, pero que no lo era del todo, verla
luchar por no sonreír: Tu hijo se despertará de la siesta en
cualquier momento. Aún tengo que preparar la cena.
Era dolorosamente
consciente de la crueldad de hacerla viuda, y si algo se le hacía
particularmente cuesta arriba en todo esto era pensar en ella
durmiendo en una cama semivacía, sin él. Sin poder abrazarse a su
espalda por las noches; no tener una mano que estrechar
distraídamente, en un acto reflejo, mientras paseaba por el parque
al niño, hacía la compra de la semana, veía la tele. Dejarla
sola, ella no se lo merecía. Le dio toda la razón, la que podía
darle y la que no; se abrazaron, prometió poner de su parte. Le
sonrió con la serenidad de un santo, como correspondía a un
moribundo que trata de demostrarle a su mujer que no hay de qué
preocuparse, las estadísticas están para romperlas, o no dicen eso
siempre.
Acto seguido, se ofreció
a hacer la compra. Porque desde que sabían que se moría a ella
parecía encantarle ver que hacía cosas normales y aburridas,
propias de una persona a la que no le han calculado el tiempo que le
resta de vida. Como hacer la compra, arreglar el enchufe del salón,
comprar un TDT nuevo con disco duro incorporado y conexión USB. A él
no le costaba nada hacerla feliz.
El cáncer es en el fondo
una gran oportunidad, piensa. Una oportunidad fantástica para
empezar la muerte con buen pie. Prepararse y esas cosas. En el fondo
era un hombre afortunado, quería verlo así. También quería que
ella entendiese esto pero no había sido lo suficientemente fuerte
para decírselo. Le había besado en la frente: Todo
va a salir bien, le dijo. Ya lo verás. Y también quería
creerlo, a pesar del miedo.
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