lunes, 21 de mayo de 2012

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Al principio le había resultado difícil no pensar en ello noche y día, la primera cosa que se decía al despertar era la misma que la última que se decía al acostarse: me muero; y absolutamente todo lo demás que ocurría en el medio se iba construyendo centrípetamente alrededor. En el núcleo central brillaba la palabra clave, pronunciada por su médico en un calculado tono impersonal, objetivo, meramente diagnóstico:
-Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Cáncer.
Se había obligado así mismo a aceptarlo con la misma pretendida objetividad con la que se lo había anunciado el médico, evitándose el resto de las etapas de duelo. Al fin y al cabo él era un tipo intelectual, solía vanagloriarse de su capacidad de adaptación, su flexibilidad de pensamiento. Sentado en el sofá junto a Carmen, fingiendo que veía la televisión; mirándose al espejo mientras se cepillaba los dientes; en el desayuno, con el periódico delante, mientras sorbía el café; en las largas sesiones en el hospital: se había imaginado así mismo con el cáncer dentro del cuerpo. Había querido entenderlo como lo entendería su médico, desde fuera, y la primera impresión que surgió fue la de un parásito invasor; algo que, al fin y al cabo, no se alejaba demasiado de la realidad. Pero a medida que su vida entera y la de su familia se había puesto a girar en torno a esa pequeña masa de células venenosas se había convertido en otra cosa distinta; no sabía qué exactamente, pero constató una extraña sensación de intimidad.

Bajo la luz cruel y difusa del hipermercado su piel tiene un tinte grisáceo, o eso le parece. Una presión repentina en el pecho, que identifica como miedo. Lo hace con el mismo tono mental calculadamente impersonal, objetivo, meramente diagnóstico que su médico: Tiene usted miedo. Imagina que las luces del hipermercado iluminan su tumor canceroso, esa pequeña masa que se asomaba en el Tac a la altura de lo que debía ser su pulmón derecho.
-Conviene no atrasar demasiado el inicio de las sesiones. Hay una buena probabilidad.
Presuponía que aquel hombre de cejas impertérritas lo estaba haciendo a propósito. Hablar sin decir nada. Una forma de sugerir posibilidades, sin dar falsas esperanzas. Calculadamente no optimista, ni pesimista, sino justo en el medio. Eso le había gustado. Le hacía sentir que su médico lo veía como un hombre razonable, capaz de afrontar la realidad de la situación. Los demás no habían sido tan sutiles. Más bien, todo lo contrario. No pasa nada. Lo han cogido a tiempo. Esas cosas. Era comprensible. Les sonreía, incapaz de decir nada. ¿Qué iba a decir?

¿Carmen le había dicho de uva o de manzana? No lograba recordar cuál. Se para delante de la estantería, tratando de estudiar qué imagen corporativa le suena más. Hay docenas de zumos distintos: de melocotón y uva, de manzana, de frutas exóticas, de variedad de cítricos, de zanahoria y tomate, de frutas rojas, sin azúcar añadido, con cereales, enriquecido con vitaminas y calcio, antioxidante, energizante, relajante.
¿Cuándo se había vuelto tan complicado beber zumo?

Por la mañana le había acusado de haber decidido morir sin pensar en lo que iban a sufrir cuando se quedaran solos. Una viuda de treinta y seis, un niño de tres, tantísimas cosas para ella sola. Muy egoísta de tu parte. Te necesitamos, le dijo. Yo sola no puedo. Todo eso le dijo, con los ojos muy brillantes, pero sin romper a llorar; una cadencia serena en la voz que dejaba entrever cierto distanciamiento emocional pese a lo intenso del mensaje. Le encantaba cuando Carmen empleaba con él su tono diplomático profesional, de sus tiempos en el gabinete de sicología. Especialmente si se trataba de argumentar por qué no era apropiado tener relaciones sexuales en ese momento. Abordarla en el cuarto de la plancha, cogerla de las muñecas; oírla protestar con ese tono pretendidamente frío, pero que no lo era del todo, verla luchar por no sonreír: Tu hijo se despertará de la siesta en cualquier momento. Aún tengo que preparar la cena.
Era dolorosamente consciente de la crueldad de hacerla viuda, y si algo se le hacía particularmente cuesta arriba en todo esto era pensar en ella durmiendo en una cama semivacía, sin él. Sin poder abrazarse a su espalda por las noches; no tener una mano que estrechar distraídamente, en un acto reflejo, mientras paseaba por el parque al niño, hacía la compra de la semana, veía la tele. Dejarla sola, ella no se lo merecía. Le dio toda la razón, la que podía darle y la que no; se abrazaron, prometió poner de su parte. Le sonrió con la serenidad de un santo, como correspondía a un moribundo que trata de demostrarle a su mujer que no hay de qué preocuparse, las estadísticas están para romperlas, o no dicen eso siempre. 
Acto seguido, se ofreció a hacer la compra. Porque desde que sabían que se moría a ella parecía encantarle ver que hacía cosas normales y aburridas, propias de una persona a la que no le han calculado el tiempo que le resta de vida. Como hacer la compra, arreglar el enchufe del salón, comprar un TDT nuevo con disco duro incorporado y conexión USB. A él no le costaba nada hacerla feliz.

El cáncer es en el fondo una gran oportunidad, piensa. Una oportunidad fantástica para empezar la muerte con buen pie. Prepararse y esas cosas. En el fondo era un hombre afortunado, quería verlo así. También quería que ella entendiese esto pero no había sido lo suficientemente fuerte para decírselo. Le había besado en la frente: Todo va a salir bien, le dijo. Ya lo verás. Y también quería creerlo, a pesar del miedo.

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