miércoles, 23 de mayo de 2012

02. Lluvia


En la calle llueve y el viejo perro no quiere mear. La mira con ojos fijos y redondos sin mover un pelo, como si preguntara “¿qué pretendes que haga con toda esa lluvia?”
-¡Vamos, sal! -grita Diana.
Ronco siempre ha sido un perro aristocrático e inflexible, no soporta las incomodidades de la lluvia, de los viajes en coche, de las visitas al veterinario... y un largo etcétera. Cuando algo le molesta lo hace saber con la misma mirada inquisitorial, sin moverse lo más mínimo.
Diana se cruza de brazos y se apoya en la pared. Están cobijados bajo un portal en una calle perdida y silenciosa donde sólo se oye el silbido de la lluvia al caer sobre los adoquines. Diana cierra los ojos y Ronco decide sentarse en el suelo y mirar al horizonte, que es breve y limitado, no más que un muro deslucido de ladrillo rojo con restos medio arrancados de carteles y publicidad.
Diana suspira, quiere fumar pero no lo hará, ha prometido dejarlo.
No es que se lo haya prometido a Marcos porque ella no le promete nada a nadie, se lo ha propuesto así misma. Como siempre Marcos le insiste con su característica elocuencia insoportable sobre los males del tabaquismo hasta que ella le detiene en seco y le suelta eso de “¡puedo dejarlo cuando yo quiera!”. “Entonces ¿es que no quieres?” es lógico que se lo pregunte. Marcos funciona así, si A es igual a B y B es igual a C entonces A es igual a C. Si puede dejarlo cuando quiera y aún no lo ha dejado es que no quiere dejarlo, ¿es eso?
Sí, es eso. Hasta ahora no quería dejarlo porque no le importaba lo más mínimo. Ahora se lo ha propuesto no porque piense en tumores tumefactos creciendo en sus pulmones o en el dinero que se deja al mes, lo quiere dejar porque necesita saber que es capaz de desprenderse voluntariamente de algo que le produce un placer estúpido. Ella frente a su cerebro que se ha vuelto adicto al hábito, que se iluminaría lujuriosamente si le hicieran un encefalograma mientras fuma.
Cuando Diana abre los ojos Ronco ha cambiado de posición, ya no mira a la calle sino que se ha sentado frente a ella y mantiene sus redondos ojos fijos en los suyos, como si pretendiera taladrarla, censurarla, forzarla a regresar a casa. Ella suspira, se pone de cuclillas, a su altura, y lo mira con la misma determinación.
-Ronco, en la vida no siempre se puede tener lo que uno quiere. A veces hay que cagar en la más terrible de las intemperies.
Ronco no parece convencido.
-La inflexibilidad y la falta de adaptación es una de las principales causas de extinción de las especies, ¿lo sabías? Y tú tienes todas las papeletas, perro cabezón.
Diana acaricia a Ronco, éste se deja, pero sin venderse. Su precio es mucho más alto que unas sismples caricias.
-Vamos, sal ahí y haz lo que tengas que hacer...
Diana sabe perfectamente el precio que le exige Ronco y, harta de esperar, sale del portal y se deja mojar por la lluvia en mitad de la calle, odiando a su viejo y aristocrático perro. Sólo entonces Ronco avanza con renuencia, pisa el suelo mojado como si estuviera empapado de ácido sulfúrico y se situa al lado de su dueña.
-¿Ya estás contento? -le pregunta.
Ronco corre hacia el pequeño solar lleno de escombros, da un par de vueltas y hace caca bajo la lluvia. No se le ve muy feliz y sale pitando en cuanto termina. Diana recoje la mierda con una bolsa y avanza despacio de camino a casa, pensando en las ganas que tiene de fumar... pensando... más bien sufriendo, sintiendo el repentino vacío, el hambre, el frío... el cerebro empieza a quejarse a gritos pero no va a escucharle.
Fue anoche cuando decidió que iba a dejar de fumar, cuando se despertó de madrugada y descubrió que Marcos no estaba. Su lado de la cama estaba frío y arrugado y Diana no pudo seguir durmiendo hasta averiguar la razón. Se levantó maquinalmente a buscarlo y lo encontró sentado en el sillón del salón,sujetando una pequeña lámpara led con la que iluminaba un libro.
-Hola -dijo Diana.
Marcos dio un pequeño repullo y la miró.
-Hola -dijo Marcos.
-¿Qué haces?
-No puedo dormir y leo este libro sobre la evolución del derecho jurídico para remediarlo -dijo Marcos, levantando el mamotreto de libro que tenía sobre las rodillas-. Lo peor es que me está resultando interesante.
Diana se echó a reír. Se sentó en el brazo del sillón, se inclinó hacia Marcos y le acarició el cabello como un mono peina a otro mono en mitad de la selva.
-Puedo leer en voz alta.
-Vale.
Marcos comenzó a leer y Diana casi se duerme acunada por el runrún de su voz medio susurrada en la noche, enroscándose a su alrededor.
"¿Y si de pronto se fuera?" Preguntó alguien dentro de su cabeza. Y entonces Diana se despertó de golpe. Sintió una oleada de frío recorriéndole las entrañas mientras Marcos seguía con su impertérrita lectura. ¿Y si de pronto se acabara? Se miró los dedos hundidos en el pelo de Marcos e imaginó que no hubiera Marcos, sólo un gris vacío, una ausencia tan palpable que ocupase todo el espacio de un cuerpo humano. ¿Cómo iba a soportarlo?
-Tengo que dejar de fumar -murmuró, interrumpiendo a Marcos.
-¿Qué?
Diana no dijo nada más. Fue incapaz de volver dormirse en lo que quedaba de noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario