En la calle llueve y el viejo perro no quiere mear.
La mira con ojos fijos y redondos sin mover un pelo, como si
preguntara “¿qué pretendes que haga con toda esa lluvia?”
-¡Vamos, sal! -grita Diana.
Ronco siempre ha sido un perro aristocrático e
inflexible, no soporta las incomodidades de la lluvia, de los viajes
en coche, de las visitas al veterinario... y un largo etcétera.
Cuando algo le molesta lo hace saber con la misma mirada
inquisitorial, sin moverse lo más mínimo.
Diana se cruza de brazos y se apoya en la pared.
Están cobijados bajo un portal en una calle perdida y silenciosa
donde sólo se oye el silbido de la lluvia al caer sobre los
adoquines. Diana cierra los ojos y Ronco decide sentarse en el suelo
y mirar al horizonte, que es breve y limitado, no más que un muro
deslucido de ladrillo rojo con restos medio arrancados de carteles y
publicidad.
Diana suspira, quiere fumar pero no lo hará, ha
prometido dejarlo.
No es que se lo haya prometido a Marcos porque ella
no le promete nada a nadie, se lo ha propuesto así misma. Como
siempre Marcos le insiste con su característica elocuencia
insoportable sobre los males del tabaquismo hasta que ella le detiene
en seco y le suelta eso de “¡puedo dejarlo cuando yo quiera!”.
“Entonces ¿es que no quieres?” es lógico que se lo pregunte.
Marcos funciona así, si A es igual a B y B es igual a C entonces A
es igual a C. Si puede dejarlo cuando quiera y aún no lo ha dejado
es que no quiere dejarlo, ¿es eso?
Sí, es eso. Hasta ahora no quería dejarlo porque
no le importaba lo más mínimo. Ahora se lo ha propuesto no porque
piense en tumores tumefactos creciendo en sus pulmones o en el dinero
que se deja al mes, lo quiere dejar porque necesita saber que es
capaz de desprenderse voluntariamente de algo que le produce un
placer estúpido. Ella frente a su cerebro que se ha vuelto adicto al
hábito, que se iluminaría lujuriosamente si le hicieran un
encefalograma mientras fuma.
Cuando Diana abre los ojos Ronco ha cambiado de
posición, ya no mira a la calle sino que se ha sentado frente a ella
y mantiene sus redondos ojos fijos en los suyos, como si pretendiera
taladrarla, censurarla, forzarla a regresar a casa. Ella suspira, se
pone de cuclillas, a su altura, y lo mira con la misma determinación.
-Ronco, en la vida no siempre se puede tener lo que
uno quiere. A veces hay que cagar en la más terrible de las
intemperies.
Ronco no parece convencido.
-La inflexibilidad y la falta de adaptación es una
de las principales causas de extinción de las especies, ¿lo sabías?
Y tú tienes todas las papeletas, perro cabezón.
Diana acaricia a Ronco, éste se deja, pero sin
venderse. Su precio es mucho más alto que unas sismples caricias.
-Vamos, sal ahí y haz lo que tengas que hacer...
Diana sabe perfectamente el precio que le exige
Ronco y, harta de esperar, sale del portal y se deja mojar por la
lluvia en mitad de la calle, odiando a su viejo y aristocrático
perro. Sólo entonces Ronco avanza con renuencia, pisa el suelo
mojado como si estuviera empapado de ácido sulfúrico y se situa al
lado de su dueña.
-¿Ya estás contento? -le pregunta.
Ronco corre hacia el pequeño solar lleno de
escombros, da un par de vueltas y hace caca bajo la lluvia. No se le
ve muy feliz y sale pitando en cuanto termina. Diana recoje la mierda
con una bolsa y avanza despacio de camino a casa, pensando en las
ganas que tiene de fumar... pensando... más bien sufriendo,
sintiendo el repentino vacío, el hambre, el frío... el cerebro
empieza a quejarse a gritos pero no va a escucharle.
Fue anoche cuando decidió que iba a dejar de fumar,
cuando se despertó de madrugada y descubrió que Marcos no estaba.
Su lado de la cama estaba frío y arrugado y Diana no pudo seguir
durmiendo hasta averiguar la razón. Se levantó maquinalmente a
buscarlo y lo encontró sentado en el sillón del salón,sujetando
una pequeña lámpara led con la que iluminaba un libro.
-Hola -dijo Diana.
Marcos dio un pequeño repullo y la miró.
-Hola -dijo Marcos.
-¿Qué haces?
-No puedo dormir y leo este libro sobre la
evolución del derecho jurídico para remediarlo -dijo Marcos,
levantando el mamotreto de libro que tenía sobre las rodillas-. Lo
peor es que me está resultando interesante.
Diana se echó a reír. Se sentó en el brazo del
sillón, se inclinó hacia Marcos y le acarició el cabello como un
mono peina a otro mono en mitad de la selva.
-Puedo leer en voz alta.
-Vale.
Marcos comenzó a leer y Diana casi se duerme
acunada por el runrún de su voz medio susurrada en la noche,
enroscándose a su alrededor.
"¿Y si de pronto se fuera?" Preguntó alguien dentro
de su cabeza. Y entonces Diana se despertó de golpe. Sintió una
oleada de frío recorriéndole las entrañas mientras Marcos seguía
con su impertérrita lectura. ¿Y si de pronto se acabara? Se miró
los dedos hundidos en el pelo de Marcos e imaginó que no
hubiera Marcos, sólo un gris vacío, una ausencia tan palpable que
ocupase todo el espacio de un cuerpo humano. ¿Cómo iba a
soportarlo?
-Tengo que dejar de fumar -murmuró, interrumpiendo
a Marcos.
-¿Qué?
Diana no dijo nada más. Fue incapaz de volver
dormirse en lo que quedaba de noche.
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