Esto forma parte de un proyecto a muy long, long term, para aquell@s zoquetes que, como yo, nunca tienen ideas para ponerse a escribir. Se ofrece una tabla con 30 palabras y el reto es escribir una microhistoria de una carilla del Openoffice con la excusa de adornar esa palabra con otras para crear "algo".
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Inicio
-¿Te crees que no tengo sentimientos, es eso?
Pregunta Marcos, y acto seguido le pega un bocado a su doble hamburguesa con queso. Mastica en silencio esperando -sin prisas- una respuesta. Su mirada es insondable, lejana, vacía, igual que mirar a un espejo que devuelve la imagen y no deja penetrar dentro.
Con sus pequeños ojos fijos y esa calma imperecedera Marcos es como una plácida vaca rumiando hierba.
Es lo que piensa Diana.
Pues sí, cree que no tiene sentimientos. Algunos tiene, claro, los básicos, pero estamos hablando de sentimientos complejos, sofisticados. Él nunca ha sido sofisticado. A veces puede ver en él algunos atisbos emocionales que le recuerdan a un rumiante, o a un cánido, o a un roedor, dependiendo de la ocasión de que se trate, y normalmente está bien, ya que ella adora a los animales.
-Yo no he dicho eso -contesta Diana.
Le pega un bocado a su hamburguesa y echa una ojeada a la calle. Llueve.
-Pero lo crees aunque no lo hayas dicho en voz alta.
La mirada espejo de Marcos se transforma en una mirada ventana por primera vez en mucho tiempo, se puede ver algo de lo que hay dentro. Diana cree atisbar cierto temblor en el aire que rodea sus hombros. Quiere creer que es vunerabilidad, le gustaría que lo fuera. Lo observa un tanto sorprendida.
-Creo que tienes los sentimientos elementales que todo humano debe traer por defecto para considerarse como tal.
Marco frunce el ceño, irritado.
-Siempre te has creído mejor que yo.
-Sólo más sensible -responde Diana.
Ella deja de comer su hamburguesa, apoya el codo en la mesa y la barbilla en la mano y contempla a Marcos con una sonrisa maternal.
-Yo soy tu Espantapájaros sin cerebro y tú mi Hombre de Hojalata sin corazón... la fusión perfecta -se ríe.
-Tengo más sentimientos de los que crees.
-¿Te das cuenta de que no paras de aludir a las dichosas creencias? “creo que... “crees que...” ¿No ves que no puedes escapar de ese marco de referencia que es tu mente?
Marcos se queda callado, reflexionando en la verdad de aquellas palabras...
-Y ahora intentas encajar lo que he dicho en tus cajoncitos de pensamiento racional... -rezonga Diana, con cierta sorna.
-No desprecio a la mente -se defendió Marcos.
-¿Y por qué habrías de despreciarla?
-Tampoco desprecio los sentimientos.
-¿Y qué es lo que desprecias, si se puede saber? -pregunta Diana inclinándose, acercándose un poco más.
-Las minudencias. Como estas miguitas que han caído en la mesa y en las que nadie reparará.
Acto seguido, Marcos limpia con la mano la superficie de la mesa y ambos ven caer un par de migajas de pan hacia el suelo.
-Me dan un poco de pena ¿sabes? Esas minudencias de inicio y final, que se acumulan en las esquinas, que alguien barre, que acaban en el vertedero... sin pena ni gloria. Nadie las recordará. Y decido despreciarlas para no conmoverme por ellas, porque eso duele.
Ella guarda silencio, reflexionando.
-¡Pero qué trágico te pones!
-Ya te lo he dicho -murmura Marcos dando otro bocado a su hamburguesa con su clásico gesto de hombre rumiante- tengo más sentimientos de los que crees.
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