lunes, 9 de abril de 2012

Los deseos del alma

Había llegado a la margen de un gran río. Bajé corriendo hasta la orilla lanzando carcajadas al aire. Me mojé la cara, el cuello; bebí a grandes sorbos el agua como haría un animal, con ese abandono y esa felicidad de no ser humano. Cuando me hube saciado y me sentía por fin tranquilo me arrodillé en las aguas. Tan solo aquel que alguna vez quedó a salvo tras temer por su vida, puede hacerse idea del alivio que experimentaba yo entonces.
El cielo tenía ese color azul verdoso inconfundible, cuando la oscuridad empieza su lento asedio a la tarde. Me quedé allí, de rodillas, contemplando los últimos rayos de sol derramándose en el bajo horizonte como la sangre de una herida leve, que se cierra con prontitud. Luego, cayó la noche: todo azul, y plata. Tras de mi, en las lindes del bosque, sentí el despertar de una multitud de criaturas con una efervescencia creciente de latidos de corazones diminutos, mucho más veloces que el mío.
Entonces ella apareció, emergiendo de las sombras de la otra orilla. Montaba en un rinoceronte de un azul lustroso; un antifaz pintado en la cara y una sonrisa leve en los labios como únicas vestiduras. Me pregunté, invadido de asombro, si se trataría de un fantasma, un demonio, o un ángel. Fuera lo que fuera en su mirada había curiosidad, y la curiosidad nunca puede ser hostil, ¿no es cierto? Me levanté pues, y me encaminé hacia ella lentamente, dándole la oportunidad de marcharse, si quería, o de mostrarse reacia a mi avance. Mas no hizo ninguna de las dos cosas, sino que bajó del rinoceronte y se acercó a la orilla del río, que a pesar de ser ancho no era demasiado profundo en este recodo, por lo que no me costó demasiado salvarlo a nado. Al fin llegué al otro lado, y la contemplé de cerca. Ella sonrió, invitándome a acercarme más. Tenía un cuerpo de huesos largos y carnes tiernas, como una Venus mediterránea. Los ojos no eran demasiado grandes, pero muy vivarachos, la boca de labios generosos, por lo que parecía acostumbrados a sonreír. Avancé hasta que estuvimos frente a frente. Me llegó entonces su intenso olor, y el deseo repentino que despertó me hizo detenerme, turbado. Por la manera en la que me observaba tuve la impresión de parecerle una ardilla muy graciosa. Viendo que no me movía, fue ella la que salvó la corta distancia que nos separaba. Adelantó una de sus manos, y despacio, como para no espantarme, me rozó la mejilla. Rió un poco. La bestia se acercó también, colocándose unos pasos por detrás de su extraña jinete; asomó tímidamente la cabeza desde detrás de su espalda y hociqueó el aire, como si también ella estuviese analizando mi olor para determinar qué clase de persona era. A juzgar por sus reacciones, a ninguno de los dos les parecí una amenaza. Les sonreí, aún confuso. Ella respondió tomando mi mano, que apretó dulcemente entre las suyas.
-¿Quién eres? -pregunté.
-No estoy segura -dijo ella. Quedé muy extrañado, tanto por su respuesta como porque fue dada en mi propio idioma-. Me has dado el nombre de Rim Lajaneff. Princesa, Rim Lajaneff.
-¿Quién...? ¿Te he dado...? ¿Yo? -Se refería a que yo había pensado ese nombre para ella justo ahora, adiviné. Lo cual para sorpresa mía era cierto; aunque dicho nombre, si es que era un nombre y no un revoltijo sin sentido de letras como me pareció, carecía de sentido para mi-. ¿Qué significa?
Ella rió.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Es el nombre que me has puesto tú.
Estupefacto la miré a los ojos, esperando más respuestas, pero ella no añadió nada.
-¿Dónde estamos?
Echó un vistazo rápido a nuestro alrededor, se alzó de hombros.
-Parece un bosque.
-Pero, ¿no eres de aquí?
-Conozco este lugar, y todos los lugares; pero acabo de llegar a este en concreto. Como tú.
-Yo... acabo de llegar, sí... ¡Estuve perdido! -recordé de pronto-. No sé durante cuánto tiempo. Caminé... -me di la vuelta para mirar la linde del bosque por el que había aparecido un rato antes-. Pensé que no encontraría la salida, que moriría allí.
-Las ardillas siempre encontráis qué comer y beber en el bosque.
Me quedé estupefacto, sin saber qué responder. ¿Cómo sabía lo de la ardilla? ¿Realmente podía leer mis pensamientos? ¿...O era yo el que leía los suyos?
-¿Cuánto tiempo...?
-¿Llevas perdido? No lo sé. Puede que haga dos días, cuatro meses, o muchos años. Los detalles no son importantes.
-¿Pero tú lo sabías, sabías que estaría aquí?
-Sí.
-¿Cómo? ¡No entiendo!
-¿Qué quieres entender?
-¡No lo sé! ¡Esto! ¡Todo!
-Nadie puede entenderlo todo -rió ella-. Sólo los dioses.
Sacudí la cabeza. Aquello era una verdadera locura. Me sentía cada vez más perdido y asustado, sintiendo que me estaba acercando a algo... algo parecido a una respuesta. Pero no a cualquier respuesta, sino a la Gran Respuesta, a la Respuesta Detrás de Todas las Preguntas.
-¡Esto no tiene ni pies ni cabeza! Debe ser un sueño, o una alucinación... Ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí, dónde he estado todo este tiempo, qué ha sido de mi... No recuerdo nada más, excepto llegar a este sitio y encontrarte.
Ella me miró, guardando silencio. Me pareció que suspiraba, y que sus ojos se llenaban de ternura. Tuve un repentino deseo de besarla; o más bien, de dejarme besar por ella. La princesa apretó de nuevo mi mano entre las suyas, luego alzó una de ellas y con suma delicadeza me acarició la mejilla.
-Te conozco tan bien...
Y así era. Supe que era verdad lo que decía sin espacio alguno para albergar la más mínima duda, por descabellado que fuera: ella me conocía, y yo... a ella. Nos conocíamos muy bien; nos conocíamos tan bien, tan íntimamente, que la única explicación plausible es que nuestras almas debieron estar unidas alguna vez. Por eso me invadía tal regocijo por haberla encontrado de nuevo; pero había además este dolor terrible, desgarrador, dentro de mi, por hacerlo en dos cuerpos separados.
-¿Pero... cómo, por qué?
-¿Por qué, qué?
-¡Por qué está pasando esto!
Ella se alzó de hombros otra vez.
-Porque sí.
-¿Qué has venido a hacer aquí?
-He venido a buscarte.
-¿Y yo?
-Tú me buscabas a mi.
-¿Pero, por qué?
Ella se rió.
-Qué tonto eres -dijo, dándome un suave empujón-. La querencia, ¡nos conduce al río!
Seguía sin entender nada, pero estando a punto de entenderlo Todo, y esto era un sufrimiento indecible para mi. Ella lo sabía, y me apretaba con más fuerza la mano. No sé si tenía las respuestas a mis dudas o sabía tan poco como yo; sea como fuere parecía aceptar la situación con buen ánimo, incluso con alegría. No vi en sus ojos rastro alguno de dolor ante los grandes misterios de la vida, sino esa curiosidad casi infantil de la que hablé al principio. Cerré los ojos, mientras la escuchaba reír. Ella tironeó de mi mano suavemente, exigiéndome que la mirara. Le di el gusto; le hubiera dado todo lo que me pidiera. Su presencia me reconfortaba inmensamente y lo demás, decidí, me daba igual. Supe entonces que estaba soñando con la misma certeza que se saben las cosas en sueños, y que se añora tanto al despertar. Mas tengo la impresión que este sueño no era un sueño cualquiera, sino un viaje metafísico que me condujera a un mundo más allá del mundo, donde podía verlo y sentirlo todo tal y como era, de verdad. Aquí, en este extraño lugar, oscuro, perturbador, prístino; yo me conocía mucho más profundamente que despierto, y ella era
-No somos nadie -respondió riendo-. Pero estamos juntos.
Y me abrazó.


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