Había llegado a la margen de un gran río. Bajé corriendo hasta la orilla lanzando carcajadas al aire. Me mojé la cara,
el cuello; bebí a grandes sorbos el agua como haría un animal, con
ese abandono y esa felicidad de no ser humano. Cuando me hube saciado
y me sentía por fin tranquilo me arrodillé en las aguas. Tan solo aquel que alguna vez quedó a salvo tras temer por su
vida, puede hacerse idea del alivio que experimentaba yo entonces.
El cielo tenía ese color azul verdoso
inconfundible, cuando la oscuridad empieza su lento asedio a la tarde.
Me quedé allí, de rodillas, contemplando los últimos rayos de sol
derramándose en el bajo horizonte como la sangre de una herida leve, que
se cierra con prontitud. Luego, cayó la noche: todo azul, y plata. Tras
de mi, en las
lindes del bosque, sentí el despertar de una multitud de criaturas con
una efervescencia creciente de latidos
de corazones diminutos, mucho más veloces que el mío.
Entonces ella apareció, emergiendo de las
sombras de la otra orilla. Montaba en un rinoceronte de un azul
lustroso; un antifaz pintado en la cara y una sonrisa leve en los labios
como únicas vestiduras. Me pregunté, invadido de asombro, si se trataría
de un fantasma, un demonio, o un ángel. Fuera lo que fuera en su mirada
había curiosidad, y la curiosidad nunca puede ser hostil, ¿no es
cierto? Me
levanté pues, y me encaminé hacia ella lentamente, dándole la
oportunidad de marcharse, si
quería, o de mostrarse reacia a mi avance. Mas no hizo ninguna de las
dos cosas, sino que bajó del rinoceronte y se acercó a la orilla del
río, que a pesar de ser ancho no era demasiado profundo en este recodo,
por lo que no me costó demasiado salvarlo a nado. Al fin llegué al otro
lado, y la contemplé de cerca. Ella sonrió, invitándome a acercarme más.
Tenía un cuerpo de huesos largos y carnes tiernas, como una Venus
mediterránea. Los ojos no eran demasiado grandes, pero muy vivarachos,
la boca de labios generosos, por lo que parecía acostumbrados a sonreír.
Avancé hasta que estuvimos frente a frente. Me llegó entonces su
intenso olor, y el deseo repentino que despertó me hizo detenerme,
turbado. Por la
manera en la que me observaba tuve la impresión de parecerle una ardilla
muy graciosa. Viendo que no me movía, fue ella la que
salvó la corta distancia que nos separaba. Adelantó una de sus manos, y
despacio, como para
no espantarme, me rozó la mejilla. Rió un poco. La bestia
se acercó también, colocándose unos pasos por detrás de su
extraña jinete; asomó tímidamente la cabeza desde detrás de su
espalda y hociqueó el aire, como si también ella estuviese analizando mi
olor para
determinar qué clase de persona era. A juzgar por sus reacciones, a
ninguno de los dos les parecí una amenaza. Les sonreí, aún confuso. Ella
respondió tomando mi mano, que apretó dulcemente entre las suyas.
-¿Quién eres? -pregunté.
-No estoy segura -dijo ella. Quedé muy
extrañado, tanto por su respuesta como porque fue dada en mi propio idioma-. Me has dado el
nombre de Rim Lajaneff. Princesa, Rim Lajaneff.
-¿Quién...? ¿Te he dado...? ¿Yo? -Se refería a que yo había pensado ese
nombre para ella justo ahora, adiviné. Lo cual para sorpresa mía era
cierto; aunque dicho nombre, si es que era un nombre y no un revoltijo
sin sentido de letras como me pareció, carecía de sentido para mi-. ¿Qué
significa?
Ella rió.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Es el
nombre que me has puesto tú.
Estupefacto la miré a los ojos, esperando más respuestas, pero ella no añadió nada.
-¿Dónde estamos?
Echó un vistazo
rápido a nuestro alrededor, se alzó de hombros.
-Parece un bosque.
-Pero, ¿no eres de aquí?
-Conozco este lugar, y todos los
lugares; pero acabo de llegar a este en concreto. Como tú.
-Yo... acabo de llegar, sí...
¡Estuve perdido! -recordé de pronto-. No sé durante cuánto tiempo.
Caminé... -me di la vuelta para mirar la linde del bosque por el que había aparecido un rato antes-. Pensé
que no encontraría la salida, que moriría allí.
-Las ardillas siempre
encontráis qué comer y beber en el bosque.
Me quedé estupefacto, sin saber qué responder. ¿Cómo sabía
lo de la ardilla? ¿Realmente podía leer mis pensamientos? ¿...O era yo el que leía los suyos?
-¿Cuánto tiempo...?
-¿Llevas perdido? No lo sé. Puede
que haga dos días, cuatro meses, o muchos años. Los detalles no son importantes.
-¿Pero tú lo sabías, sabías que estaría
aquí?
-Sí.
-¿Cómo? ¡No entiendo!
-¿Qué quieres entender?
-¡No lo sé! ¡Esto! ¡Todo!
-Nadie puede entenderlo todo -rió ella-. Sólo
los dioses.
Sacudí la cabeza. Aquello era una verdadera locura. Me sentía cada vez más perdido y asustado, sintiendo que me estaba acercando a algo... algo parecido a una respuesta. Pero no a cualquier respuesta, sino a la Gran Respuesta, a la Respuesta Detrás de Todas las Preguntas.
Sacudí la cabeza. Aquello era una verdadera locura. Me sentía cada vez más perdido y asustado, sintiendo que me estaba acercando a algo... algo parecido a una respuesta. Pero no a cualquier respuesta, sino a la Gran Respuesta, a la Respuesta Detrás de Todas las Preguntas.
-¡Esto no tiene
ni pies ni cabeza! Debe ser un sueño, o una alucinación... Ni siquiera
recuerdo cómo llegué aquí, dónde he estado todo este tiempo, qué ha sido
de mi... No recuerdo nada más, excepto llegar a este sitio y
encontrarte.
Ella me miró, guardando silencio. Me pareció que suspiraba, y que sus
ojos se llenaban de ternura. Tuve un repentino deseo de besarla; o más
bien, de dejarme besar por ella. La princesa apretó de nuevo mi mano
entre las suyas, luego alzó una de ellas y con suma delicadeza me
acarició la mejilla.
-Te conozco tan bien...
Y así era. Supe que era verdad lo que decía sin espacio alguno para
albergar la más mínima duda, por descabellado que fuera: ella me conocía,
y yo... a ella. Nos conocíamos muy bien; nos conocíamos tan bien, tan
íntimamente, que la única explicación plausible es que nuestras almas
debieron estar unidas alguna vez. Por eso me invadía tal regocijo por
haberla encontrado de nuevo; pero había además este dolor terrible, desgarrador, dentro de mi, por hacerlo en dos cuerpos separados.
-¿Pero... cómo, por qué?
-¿Por qué, qué?
-¡Por qué está pasando esto!
Ella se alzó de hombros otra vez.
-Porque sí.
-Porque sí.
-¿Qué has venido a hacer aquí?
-He venido a buscarte.
-¿Y yo?
-Tú me buscabas a mi.
-¿Pero, por qué?
Ella se rió.
-Qué tonto eres -dijo, dándome un suave empujón-. La querencia, ¡nos conduce al río!
-No somos nadie -respondió
riendo-. Pero estamos juntos.

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