No sé bien cómo explicarlo, pero ya que me lo pide, lo intentaré: siento que en su presencia, a medida que me voy acostumbrando al terrible colapso que me provoca usted en un primer instante, cuando puedo volver a respirar y la sangre vuelve a mis venas, ¿cómo le diría? Las cosas se tornan más sencillas (cuando digo 'cosas' me refiero a un concepto amplio de la palabra: a mi existencia entera). Las inquietudes que me acosan se vuelven cada vez más transparentes, como si sufrieran una descomposición celular; todas esas pequeñas preocupaciones, necesidades y deseos que forman mi vida, se funden, se desdibujan, adquiriendo formas cada vez más simples, hasta llegar a una rotunda circunferencia, sin esquinas, ángulos, dobleces. Y de repente, todo empieza a cobrar sentido, o quizá a perderlo totalmente, qué se yo. Comienzo un proceso de aligeramiento gradual hasta tornarme efímero, tanto, que llego a ser menos pesado que el aire. Entonces, me elevo a los cielos, me elevo, me elevo y elevo cada vez más alto, hasta rozar la estratosfera… y le juro que no sé cuantos mundos podría atravesar de esta manera, porque me falta imaginación para inventarme tantos, pero al menos diez millones.
No sé si me ha entendido: el amor es más difícil de explicar que las leyes de física cuántica.
No sé si me ha entendido: el amor es más difícil de explicar que las leyes de física cuántica.
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